| Los
crímenes de la calle Morgue [Cuento. Texto completo.] Edgar Allan Poe |
|
La canción que cantaban
las sirenas, o el nombre
que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres, son cuestiones enigmáticas, pero que no se hallan más allá de toda conjetura.Sir Thomas Browne
Las
características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en
sí mismas poco susceptibles de análisis. Sólo las apreciamos a través de sus
resultados. Entre otras cosas sabemos que, para aquel que las posee en alto
grado, son fuente del más vivo goce. Así como el hombre robusto se complace en
su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción
de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu
consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más
triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los
acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia
que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. Sus resultados, frutos del
método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una
intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el
estudio de las matemáticas, y en especial por su rama más alta, que,
injustamente y tan sólo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina
análisis, como si se tratara del análisis par excellence. Calcular, sin
embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa
lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo
que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado
erróneamente. No he de escribir aquí un tratado, sino que me limito a prologar
un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé
por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve
puesto a prueba por el modesto juego de damas en forma más intensa y beneficiosa
que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. En este último, donde las
piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables
valores, lo que sólo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada
insólito) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si
ésta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una
pérdida o la derrota. Como los movimientos posibles no sólo son múltiples sino
intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de
cada diez, triunfa el jugador concentrado y no el más penetrante. En las damas,
por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas,
las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a
la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen
de una perspicacia superior.
Para hablar menos abstractamente, supongamos una partida
de damas en la que las piezas se reducen a cuatro y donde, como es natural, no
cabe esperar el menor descuido. Obvio resulta que (si los jugadores tienen
fuerza pareja) sólo puede decidir la victoria algún movimiento sutil, resultado
de un penetrante esfuerzo intelectual. Desprovisto de los recursos ordinarios,
el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con
frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces
absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un
falso cálculo.
Hace mucho que se ha reparado en el whist por su
influencia sobre lo que da en llamarse la facultad del cálculo, y hombres del
más excelso intelecto se han complacido en él de manera indescriptible, dejando
de lado, por frívolo, al ajedrez. Sin duda alguna, nada existe en ese orden que
ponga de tal modo a prueba la facultad analítica. El mejor ajedrecista de la
cristiandad no puede ser otra cosa que el mejor ajedrecista, pero la eficiencia
en el whist implica la capacidad para triunfar en todas aquellas empresas
más importantes donde la mente se enfrenta con la mente. Cuando digo eficiencia,
aludo a esa perfección en el juego que incluye la aprehensión de todas
las posibilidades mediante las cuales se puede obtener legítima ventaja.
Estas últimas no sólo son múltiples sino multiformes, y con frecuencia yacen en
capas tan profundas del pensar que el entendimiento ordinario es incapaz de
alcanzarlas. Observar con atención equivale a recordar con claridad; en ese
sentido, el ajedrecista concentrado jugará bien al whist, en tanto que
las reglas de Hoyle (basadas en el mero mecanismo del juego) son comprensibles
de manera general y satisfactoria. Por tanto, el hecho de tener una memoria
retentiva y guiarse por «el libro» son las condiciones que por regla general se
consideran como la suma del buen jugar. Pero la habilidad del analista se
manifiesta en cuestiones que exceden los límites de las meras reglas.
Silencioso, procede a acumular cantidad de observaciones y deducciones. Quizá
sus compañeros hacen lo mismo, y la mayor o menor proporción de informaciones
así obtenidas no reside tanto en la validez de la deducción como en la calidad
de la observación. Lo necesario consiste en saber qué se debe observar.
Nuestro jugador no se encierra en sí mismo; ni tampoco, dado que su objetivo es
el juego, rechaza deducciones procedentes de elementos externos a éste. Examina
el semblante de su compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada
uno de sus oponentes. Considera el modo con que cada uno ordena las cartas en su
mano; a menudo cuenta las cartas ganadoras y las adicionales por la manera con
que sus tenedores las contemplan. Advierte cada variación de fisonomía a medida
que avanza el juego, reuniendo un capital de ideas nacidas de las diferencias de
expresión correspondientes a la seguridad, la sorpresa, el triunfo o la
contrariedad. Por la manera de levantar una baza juzga si la persona que la
recoge será capaz de repetirla en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por
la manera con que se arrojan las cartas sobre el tapete. Una palabra casual o
descuidada, la caída o vuelta accidental de una carta, con la consiguiente
ansiedad o negligencia en el acto de ocultarla, la cuenta de las bazas, con el
orden de su disposición, el embarazo, la vacilación, el apuro o el temor... todo
ello proporciona a su percepción, aparentemente intuitiva, indicaciones sobre la
realidad del juego. Jugadas dos o tres manos, conoce perfectamente las cartas de
cada uno, y desde ese momento utiliza las propias con tanta precisión como si
los otros jugadores hubieran dado vuelta a las suyas.
El poder analítico no debe confundirse con el mero
ingenio, ya que si el analista es por necesidad ingenioso, con frecuencia el
hombre ingenioso se muestra notablemente incapaz de analizar. La facultad
constructiva o combinatoria por la cual se manifiesta habitualmente el ingenio,
y a la que los frenólogos (erróneamente, a mi juicio) han asignado un órgano
aparte, considerándola una facultad primordial, ha sido observada con tanta
frecuencia en personas cuyo intelecto lindaba con la idiotez, que ha provocado
las observaciones de los estudiosos del carácter. Entre el ingenio y la aptitud
analítica existe una diferencia mucho mayor que entre la fantasía y la
imaginación, pero de naturaleza estrictamente análoga. En efecto, cabe observar
que los ingeniosos poseen siempre mucha fantasía mientras que el hombre
verdaderamente imaginativo es siempre un analista.
El relato siguiente representará para el lector algo así
como un comentario de las afirmaciones que anteceden.
Mientras residía en París, durante la primavera y parte
del verano de 18..., me relacioné con un cierto C. Auguste Dupin. Este joven
caballero procedía de una familia excelente -y hasta ilustre-, pero una serie de
desdichadas circunstancias lo habían reducido a tal pobreza que la energía de su
carácter sucumbió ante la desgracia, llevándolo a alejarse del mundo y a no
preocuparse por recuperar su fortuna. Gracias a la cortesía de sus acreedores le
quedó una pequeña parte del patrimonio, y la renta que le producía bastaba,
mediante una rigurosa economía, para subvenir a sus necesidades, sin preocuparse
de lo superfluo. Los libros constituían su solo lujo, y en París es fácil
procurárselos.
Nuestro primer encuentro tuvo lugar en una oscura
librería de la rue Montmartre, donde la casualidad de que ambos anduviéramos en
busca de un mismo libro -tan raro como notable- sirvió para aproximarnos.
Volvimos a encontrarnos una y otra vez. Me sentí profundamente interesado por la
menuda historia de familia que Dupin me contaba detalladamente, con todo ese
candor a que se abandona un francés cuando se trata de su propia persona. Me
quedé asombrado, al mismo tiempo, por la extraordinaria amplitud de su cultura;
pero, sobre todo, sentí encenderse mi alma ante el exaltado fervor y la vívida
frescura de su imaginación. Dado lo que yo buscaba en ese entonces en París,
sentí que la compañía de un hombre semejante me resultaría un tesoro
inestimable, y no vacilé en decírselo. Quedó por fin decidido que viviríamos
juntos durante mi permanencia en la ciudad, y, como mi situación financiera era
algo menos comprometida que la suya, logré que quedara a mi cargo alquilar y
amueblar -en un estilo que armonizaba con la melancolía un tanto fantástica de
nuestro carácter- una decrépita y grotesca mansión abandonada a causa de
supersticiones sobre las cuales no inquirimos, y que se acercaba a su ruina en
una parte aislada y solitaria del Faubourg Saint-Germain.
Si nuestra manera de vivir en esa casa hubiera llegado al
conocimiento del mundo, éste nos hubiera considerado como locos -aunque
probablemente como locos inofensivos-. Nuestro aislamiento era perfecto. No
admitíamos visitantes. El lugar de nuestro retiro era un secreto celosamente
guardado para mis antiguos amigos; en cuanto a Dupin, hacía muchos años que
había dejado de ver gentes o de ser conocido en París. Sólo vivíamos para
nosotros.
Una rareza de mi amigo (¿qué otro nombre darle?)
consistía en amar la noche por la noche misma; a esta bizarrerie, como a
todas las otras, me abandoné a mi vez sin esfuerzo, entregándome a sus extraños
caprichos con perfecto abandono. La negra divinidad no podía permanecer siempre
con nosotros, pero nos era dado imitarla. A las primeras luces del alba,
cerrábamos las pesadas persianas de nuestra vieja casa y encendíamos un par de
bujías que, fuertemente perfumadas, sólo lanzaban débiles y mortecinos rayos.
Con ayuda de ellas ocupábamos nuestros espíritus en soñar, leyendo, escribiendo
o conversando, hasta que el reloj nos advertía la llegada de la verdadera
oscuridad. Salíamos entonces a la calle tomados del brazo, continuando la
conversación del día o vagando al azar hasta muy tarde, mientras buscábamos
entre las luces y las sombras de la populosa ciudad esa infinidad de excitantes
espirituales que puede proporcionar la observación silenciosa.
En esas oportunidades, no dejaba yo de reparar y admirar
(aunque dada su profunda idealidad cabía esperarlo) una peculiar aptitud
analítica de Dupin. Parecía complacerse especialmente en ejercitarla -ya que no
en exhibirla- y no vacilaba en confesar el placer que le producía. Se jactaba,
con una risita discreta, de que frente a él la mayoría de los hombres tenían
como una ventana por la cual podía verse su corazón y estaba pronto a demostrar
sus afirmaciones con pruebas tan directas como sorprendentes del íntimo
conocimiento que de mí tenía. En aquellos momentos su actitud era fría y
abstraída; sus ojos miraban como sin ver, mientras su voz, habitualmente de un
rico registro de tenor, subía a un falsete que hubiera parecido petulante de no
mediar lo deliberado y lo preciso de sus palabras. Al observarlo en esos casos,
me ocurría muchas veces pensar en la antigua filosofía del alma doble, y
me divertía con la idea de un doble Dupin: el creador y el analista.
No se suponga, por lo que llevo dicho, que estoy
circunstanciando algún misterio o escribiendo una novela. Lo que he referido de
mi amigo francés era tan sólo el producto de una inteligencia excitada o quizá
enferma. Pero el carácter de sus observaciones en el curso de esos períodos se
apreciará con más claridad mediante un ejemplo.
Errábamos una noche por una larga y sucia calle, en la
vecindad del Palais Royal. Sumergidos en nuestras meditaciones, no habíamos
pronunciado una sola sílaba durante un cuarto de hora por lo menos. Bruscamente,
Dupin pronunció estas palabras:
-Sí, es un hombrecillo muy pequeño, y estaría mejor en el
Théâtre des Variétés.
-No cabe duda -repuse inconscientemente, sin advertir
(pues tan absorto había estado en mis reflexiones) la extraordinaria forma en
que Dupin coincidía con mis pensamientos. Pero, un instante después, me di
cuenta y me sentí profundamente asombrado.
-Dupin -dije gravemente-, esto va más allá de mi
comprensión. Le confieso sin rodeos que estoy atónito y que apenas puedo dar
crédito a mis sentidos. ¿Cómo es posible que haya sabido que yo estaba pensando
en...?
Aquí me detuve, para asegurarme sin lugar a dudas de si
realmente sabía en quién estaba yo pensando.
-En Chantilly -dijo Dupin-. ¿Por qué se interrumpe?
Estaba usted diciéndose que su pequeña estatura le veda los papeles
trágicos.
Tal era, exactamente, el tema de mis reflexiones.
Chantilly era un ex remendón de la rue Saint-Denis que, apasionado por el
teatro, había encarnado el papel de Jerjes en la tragedia homónima de Crébillon,
logrando tan sólo que la gente se burlara de él.
-En nombre del cielo -exclamé-, dígame cuál es el
método... si es que hay un método... que le ha permitido leer en lo más profundo
de mí.
En realidad, me sentía aún más asombrado de lo que estaba
dispuesto a reconocer.
-El frutero -replicó mi amigo- fue quien lo llevó a la
conclusión de que el remendón de suelas no tenía estatura suficiente para Jerjes
et id genus omne.
-¡El frutero! ¡Me asombra usted! No conozco ningún
frutero.
-El hombre que tropezó con usted cuando entrábamos en
esta calle... hará un cuarto de hora.
Recordé entonces que un frutero, que llevaba sobre la
cabeza una gran cesta de manzanas, había estado a punto de derribarme
accidentalmente cuando pasábamos de la rue C... a la que recorríamos ahora. Pero
me era imposible comprender qué tenía eso que ver con Chantilly.
-Se lo explicaré -me dijo Dupin, en quien no había la
menor partícula de charlatanerie- y, para que pueda
comprender claramente, remontaremos primero el curso de sus reflexiones desde el
momento en que le hablé hasta el de su choque con el frutero en cuestión. Los
eslabones principales de la cadena son los siguientes: Chantilly, Orión, el
doctor Nichols, Epicuro, la estereotomía, el pavimento, el frutero.
Pocas personas hay que, en algún momento de su vida, no
se hayan entretenido en remontar el curso de las ideas mediante las cuales han
llegado a alguna conclusión. Con frecuencia, esta tarea está llena de interés, y
aquel que la emprende se queda asombrado por la distancia aparentemente
ilimitada e inconexa entre el punto de partida y el de llegada.
¡Cuál habrá sido entonces mi asombro al oír las palabras
que acababa de pronunciar Dupin y reconocer que correspondían a la
verdad!
-Si no me equivoco -continuó él-, habíamos estado
hablando de caballos justamente al abandonar la rue C... Éste fue nuestro último
tema de conversación. Cuando cruzábamos hacia esta calle, un frutero que traía
una gran canasta en la cabeza pasó rápidamente a nuestro lado y le empaló a
usted contra una pila de adoquines correspondiente a un pedazo de la calle en
reparación. Usted pisó una de las piedras sueltas, resbaló, torciéndose
ligeramente el tobillo; mostró enojo o malhumor, murmuró algunas palabras, se
volvió para mirar la pila de adoquines y siguió andando en silencio. Yo no
estaba especialmente atento a sus actos, pero en los últimos tiempos la
observación se ha convertido para mí en una necesidad.
»Mantuvo usted los ojos clavados en el suelo, observando
con aire quisquilloso los agujeros y los surcos del pavimento (por lo cual
comprendí que seguía pensando en las piedras), hasta que llegamos al pequeño
pasaje llamado Lamartine, que con fines experimentales ha sido pavimentado con
bloques ensamblados y remachados. Aquí su rostro se animó y, al notar que sus
labios se movían, no tuve dudas de que murmuraba la palabra “estereotomía”,
término que se ha aplicado pretenciosamente a esta clase de pavimento. Sabía que
para usted sería imposible decir “estereotomía” sin verse llevado a pensar en
átomos y pasar de ahí a las teorías de Epicuro; ahora bien, cuando discutimos no
hace mucho este tema, recuerdo haberle hecho notar de qué curiosa manera -por lo
demás desconocida- las vagas conjeturas de aquel noble griego se han visto
confirmadas en la reciente cosmogonía de las nebulosas; comprendí, por tanto,
que usted no dejaría de alzar los ojos hacia la gran nebulosa de Orión, y estaba
seguro de que lo haría. Efectivamente, miró usted hacia lo alto y me sentí
seguro de haber seguido correctamente sus pasos hasta ese momento. Pero en la
amarga crítica a Chantilly que apareció en el Musée de ayer, el escritor
satírico hace algunas penosas alusiones al cambio de nombre del remendón antes
de calzar los coturnos, y cita un verso latino sobre el cual hemos hablado
muchas veces. Me refiero al verso:
Perdidit antiquum litera prima sonum.
»Le dije a usted que se refería a Orión, que en un tiempo
se escribió Urión; y dada cierta acritud que se mezcló en aquella discusión,
estaba seguro de que usted no la había olvidado. Era claro, pues, que no dejaría
de combinar las dos ideas de Orión y Chantilly. Que así lo hizo, lo supe por la
sonrisa que pasó por sus labios. Pensaba usted en la inmolación del pobre
zapatero. Hasta ese momento había caminado algo encorvado, pero de pronto le vi
erguirse en toda su estatura. Me sentí seguro de que estaba pensando en la
diminuta figura de Chantilly. Y en este punto interrumpí sus meditaciones para
hacerle notar que, en efecto, el tal Chantilly era muy pequeño y que estaría
mejor en el Théâtre des Variétés.
Poco tiempo después de este episodio, leíamos una edición
nocturna de la Gazette des Tribunaux cuando los siguientes párrafos
atrajeron nuestra atención:
La edición del día siguiente contenía los siguientes detalles adicionales:
La edición vespertina del diario declaraba que en el quartier Saint-Roch reinaba una intensa excitación, que se había practicado un nuevo y minucioso examen del lugar del hecho, mientras se interrogaba a nuevos testigos, pero que no se sabía nada nuevo. Un párrafo final agregaba, sin embargo, que un tal Adolphe Lebon acababa de ser arrestado y encarcelado, aunque nada parecía acusarlo, a juzgar por los hechos detallados.
Dupin se mostraba singularmente interesado en el
desarrollo del asunto; o por lo menos así me pareció por sus maneras, pues no
hizo el menor comentario. Tan sólo después de haberse anunciado el arresto de
Lebon me pidió mi parecer acerca de los asesinatos.
No pude sino sumarme al de todo París y declarar que los
consideraba un misterio insoluble. No veía modo alguno de seguir el rastro al
asesino.
-No debemos pensar en los modos posibles que surgen de
una investigación tan rudimentaria -dijo Dupin-. La policía parisiense, tan
alabada por su penetración, es muy astuta pero nada más. No procede con método,
salvo el del momento. Toma muchas disposiciones ostentosas, pero con frecuencia
éstas se hallan tan mal adaptadas a su objetivo que recuerdan a Monsieur
Jourdain, que pedía sa robe de chambre... pour mieux entendre la musique.
Los resultados obtenidos son con frecuencia sorprendentes, pero en su
mayoría se logran por simple diligencia y actividad. Cuando éstas son
insuficientes, todos sus planes fracasan. Vidocq, por ejemplo, era hombre de
excelentes conjeturas y perseverante. Pero como su pensamiento carecía de
suficiente educación, erraba continuamente por el excesivo ardor de sus
investigaciones. Dañaba su visión por mirar el objeto desde demasiado cerca.
Quizá alcanzaba a ver uno o dos puntos con singular acuidad, pero procediendo
así perdía el conjunto de la cuestión. En el fondo se trataba de un exceso de
profundidad, y la verdad no siempre está dentro de un pozo. Por el contrario,
creo que, en lo que se refiere al conocimiento más importante, es
invariablemente superficial. La profundidad corresponde a los valles, donde la
buscamos, y no a las cimas montañosas, donde se la encuentra. Las formas y
fuentes de este tipo de error se ejemplifican muy bien en la contemplación de
los cuerpos celestes. Si se observa una estrella de una ojeada, oblicuamente,
volviendo hacia ella la porción exterior de la retina (mucho más sensible a las
impresiones luminosas débiles que la parte interior), se verá la estrella con
claridad y se apreciará plenamente su brillo, el cual se empaña apenas la
contemplamos de lleno. Es verdad que en este último caso llegan a
nuestros ojos mayor cantidad de rayos, pero la porción exterior posee una
capacidad de recepción mucho más refinada. Por causa de una indebida profundidad
confundimos y debilitamos el pensamiento, y Venus misma puede llegar a borrarse
del firmamento si la escrutamos de manera demasiado sostenida, demasiado
concentrada o directa.
»En cuanto a esos asesinatos, procedamos personalmente a
un examen antes de formarnos una opinión. La encuesta nos servirá de
entretenimiento (me pareció que el término era extraño, aplicado al caso, pero
no dije nada). Además, Lebon me prestó cierta vez un servicio por el cual le
estoy agradecido. Iremos a estudiar el terreno con nuestros propios ojos.
Conozco a G..., el prefecto de policía, y no habrá dificultad en obtener el
permiso necesario.
La autorización fue acordada, y nos encaminamos
inmediatamente a la rue Morgue. Se trata de uno de esos míseros pasajes que
corren entre la rue Richelieu y la rue Saint-Roch. Atardecía cuando llegamos,
pues el barrio estaba considerablemente distanciado del de nuestra residencia.
Encontramos fácilmente la casa, ya que aún había varias personas mirando las
persianas cerradas desde la acera opuesta. Era una típica casa parisiense, con
una puerta de entrada y una casilla de cristales con ventana corrediza,
correspondiente a la loge du concierge. Antes de entrar recorrimos la
calle, doblamos por un pasaje y, volviendo a doblar, pasamos por la parte
trasera del edificio, mientras Dupin examinaba la entera vecindad, así como la
casa, con una atención minuciosa cuyo objeto me resultaba imposible de
adivinar.
Volviendo sobre nuestros pasos retornamos a la parte
delantera y, luego de llamar y mostrar nuestras credenciales, fuimos admitidos
por los agentes de guardia. Subimos las escaleras, hasta llegar a la habitación
donde se había encontrado el cuerpo de mademoiselle L’Espanaye y donde aún
yacían ambas víctimas. Como es natural, el desorden del aposento había sido
respetado. No vi nada que no estuviese detallado en la Gazette des Tribunaux.
Dupin lo inspeccionaba todo, sin exceptuar los cuerpos de las víctimas.
Pasamos luego a las otras habitaciones y al patio; un gendarme nos acompañaba a
todas partes. El examen nos tuvo ocupados hasta que oscureció, y era de noche
cuando salimos. En el camino de vuelta, mi amigo se detuvo algunos minutos en
las oficinas de uno de los diarios parisienses.
He dicho ya que sus caprichos eran muchos y variados, y
que je les ménageais (pues no hay traducción posible de la frase).
En esta oportunidad Dupin rehusó toda conversación vinculada con los asesinatos,
hasta el día siguiente a mediodía. Entonces, súbitamente, me preguntó si había
observado alguna cosa peculiar en el escenario de aquellas
atrocidades.
Algo había en su manera de acentuar la palabra, que me
hizo estremecer sin que pudiera decir por qué.
-No, nada peculiar -dije-. Por lo menos, nada que no
hayamos encontrado ya referido en el diario.
-Me temo -repuso Dupin- que la Gazette no haya
penetrado en el insólito horror de este asunto. Pero dejemos de lado las vanas
opiniones de ese diario. Tengo la impresión de que se considera insoluble este
misterio por las mismísimas razones que deberían inducir a considerarlo
fácilmente solucionable; me refiero a lo excesivo, a lo outré de sus
características. La policía se muestra confundida por la aparente falta de
móvil, y no por el asesinato en sí, sino por su atrocidad. Está asimismo
perpleja por la aparente imposibilidad de conciliar las voces que se oyeron
disputando, con el hecho de que en lo alto sólo se encontró a la difunta
mademoiselle L’Espanaye, aparte de que era imposible escapar de la casa sin que
el grupo que ascendía la escalera lo notara. El salvaje desorden del aposento;
el cadáver metido, cabeza abajo, en la chimenea; la espantosa mutilación del
cuerpo de la anciana, son elementos que, junto con los ya mencionados y otros
que no necesito mencionar, han bastado para paralizar la acción de los
investigadores policiales y confundir por completo su tan alabada perspicacia.
Han caído en el grueso pero común error de confundir lo insólito con lo
abstruso. Pero, justamente a través de esas desviaciones del plano ordinario de
las cosas, la razón se abrirá paso, si ello es posible, en la búsqueda de la
verdad. En investigaciones como la que ahora efectuamos no debería preguntarse
tanto «qué ha ocurrido», como «qué hay en lo ocurrido que no se parezca a nada
ocurrido anteriormente». En una palabra, la facilidad con la cual llegaré o he
llegado a la solución de este misterio se halla en razón directa de su aparente
insolubilidad a ojos de la policía.
Me quedé mirando a mi amigo con silenciosa
estupefacción.
-Estoy esperando ahora -continuó Dupin, mirando hacia la
puerta de nuestra habitación- a alguien que, si bien no es el perpetrador de
esas carnicerías, debe de haberse visto envuelto de alguna manera en su
ejecución. Es probable que sea inocente de la parte más horrible de los
crímenes. Confío en que mi suposición sea acertada, pues en ella se apoya toda
mi esperanza de descifrar completamente el enigma. Espero la llegada de ese
hombre en cualquier momento... y en esta habitación. Cierto que puede no venir,
pero lo más probable es que llegue. Si así fuera, habrá que retenerlo. He ahí
unas pistolas; los dos sabemos lo que se puede hacer con ellas cuando la ocasión
se presenta.
Tomé las pistolas, sabiendo apenas lo que hacía y, sin
poder creer lo que estaba oyendo, mientras Dupin, como si monologara, continuaba
sus reflexiones. Ya he mencionado su actitud abstraída en esos momentos. Sus
palabras se dirigían a mí, pero su voz, aunque no era forzada, tenía esa
entonación que se emplea habitualmente para dirigirse a alguien que se halla muy
lejos. Sus ojos, privados de expresión, sólo miraban la pared.
-Las voces que disputaban y fueron oídas por el grupo que
trepaba la escalera -dijo- no eran las de las dos mujeres, como ha sido
bien probado por los testigos. Con esto queda eliminada toda posibilidad de que
la anciana señora haya matado a su hija, suicidándose posteriormente. Menciono
esto por razones metódicas, ya que la fuerza de madame de L’Espanaye hubiera
sido por completo insuficiente para introducir el cuerpo de su hija en la
chimenea, tal como fue encontrado, amén de que la naturaleza de las heridas
observadas en su cadáver excluye toda idea de suicidio. El asesinato, pues, fue
cometido por terceros, y a éstos pertenecían las voces que se escucharon
mientras disputaban. Permítame ahora llamarle la atención, no sobre las
declaraciones referentes a dichas voces, sino a algo peculiar en esas
declaraciones. ¿No lo advirtió usted?
Hice notar que, mientras todos los testigos coincidían en
que la voz más ruda debía ser la de un francés, existían grandes desacuerdos
sobre la voz más aguda o -como la calificó uno de ellos- la voz
áspera.
-Tal es el testimonio en sí -dijo Dupin-, pero no su
peculiaridad. Usted no ha observado nada característico. Y, sin embargo,
había algo que observar. Como bien ha dicho, los testigos coinciden sobre
la voz ruda. Pero, con respecto a la voz aguda, la peculiaridad no consiste en
que estén en desacuerdo, sino en que un italiano, un inglés, un español, un
holandés y un francés han tratado de describirla, y cada uno de ellos se ha
referido a una voz extranjera. Cada uno de ellos está seguro de que no se
trata de la voz de un compatriota. Cada uno la vincula, no a la voz de una
persona perteneciente a una nación cuyo idioma conoce, sino a la inversa. El
francés supone que es la voz de un español, y agrega que “podría haber
distinguido algunas palabras sí hubiera sabido español”. El holandés
sostiene que se trata de un francés, pero nos enteramos de que como no habla
francés, testimonió mediante un intérprete. El inglés piensa que se trata de
la voz de un alemán, pero el testigo no comprende el alemán. El español
“está seguro” de que se trata de un inglés, pero “juzga basándose en la
entonación”, ya que no comprende el inglés. El italiano cree que es la
voz de un ruso, pero nunca habló con un nativo de Rusia. Un segundo
testigo francés difiere del primero y está seguro de que se trata de la voz de
un italiano. No está familiarizado con la lengua italiana, pero al igual
que el español, “está convencido por la entonación”. Ahora bien: ¡cuan
extrañamente insólita tiene que haber sido esa voz para que pudieran reunirse
semejantes testimonios! ¡Una voz en cuyos tonos los ciudadanos de las
cinco grandes divisiones de Europa no pudieran reconocer nada familiar! Me dirá
usted que podía tratarse de la voz de un asiático o un africano. Ni unos ni
otros abundan en París, pero, sin negar esa posibilidad, me limitaré a llamarle
la atención sobre tres puntos. Un testigo califica la voz de “áspera, más que
aguda”. Otros dos señalan que era «precipitada y desigual». Ninguno de los
testigos se refirió a palabras reconocibles, a sonidos que parecieran
palabras.
»No sé -continuó Dupin- la impresión que pudo haber
causado hasta ahora en su entendimiento, pero no vacilo en decir que cabe
extraer deducciones legítimas de esta parte del testimonio -la que se refiere a
las voces ruda y aguda-, suficientes para crear una sospecha que debe de
orientar todos los pasos futuros de la investigación del misterio. Digo
«deducciones legítimas», sin expresar plenamente lo que pienso. Quiero dar a
entender que las deducciones son las únicas que corresponden, y que la
sospecha surge inevitablemente como resultado de las mismas. No le diré
todavía cuál es esta sospecha. Pero tenga presente que, por lo que a mí se
refiere, bastó para dar forma definida y tendencia determinada a mis
investigaciones en el lugar del hecho.
«Transportémonos ahora con la fantasía a esa habitación.
¿Qué buscaremos en primer lugar? Los medios de evasión empleados por los
asesinos. Supongo que bien puedo decir que ninguno de los dos cree en
acontecimientos sobrenaturales. Madame y mademoiselle L’Espanaye no fueron
asesinadas por espíritus. Los autores del hecho eran de carne y hueso, y
escaparon por medios materiales. ¿Cómo, pues? Afortunadamente, sólo hay una
manera de razonar sobre este punto, y esa manera debe conducirnos a una
conclusión definida. Examinemos uno por uno los posibles medios de escape.
Resulta evidente que los asesinos se hallaban en el cuarto donde se encontró a
mademoiselle L’Espanaye, o por lo menos en la pieza contigua, en momentos en que
el grupo subía las escaleras. Vale decir que debemos buscar las salidas en esos
dos aposentos. La policía ha levantado los pisos, los techos y la mampostería de
las paredes en todas direcciones. Ninguna salida secreta pudo escapar a
sus observaciones. Pero como no me fío de sus ojos, miré el lugar con los
míos. Efectivamente, no había salidas secretas. Las dos puertas que comunican
las habitaciones con el corredor estaban bien cerradas, con las llaves por
dentro. Veamos ahora las chimeneas. Aunque de diámetro ordinario en los primeros
ocho o diez pies por encima de los hogares, los tubos no permitirían más arriba
el paso del cuerpo de un gato grande. Quedando así establecida la total
imposibilidad de escape por las vías mencionadas nos vemos reducidos a las
ventanas. Nadie podría haber huido por la del cuarto delantero, ya que la
muchedumbre reunida lo hubiese visto. Los asesinos tienen que haber
pasado, pues, por las de la pieza trasera. Llevados a esta conclusión de manera
tan inequívoca, no nos corresponde, en nuestra calidad de razonadores,
rechazarla por su aparente imposibilidad. Lo único que cabe hacer es probar que
esas aparentes “imposibilidades” no son tales en realidad.
»Hay dos ventanas en el aposento. Contra una de ellas no
hay ningún mueble que la obstruya, y es claramente visible. La porción inferior
de la otra queda oculta por la cabecera del pesado lecho, que ha sido arrimado a
ella. La primera ventana apareció firmemente asegurada desde dentro. Resistió
los más violentos esfuerzos de quienes trataron de levantarla. En el marco, a la
izquierda, había una gran perforación de barreno, y en ella un solidísimo clavo
hundido casi hasta la cabeza. Al examinar la otra ventana se vio que había un
clavo colocado en forma similar; todos los esfuerzos por levantarla fueron
igualmente inútiles. La policía, pues, se sintió plenamente segura de que la
huida no se había producido por ese lado. Y, por tanto, consideró
superfluo extraer los clavos y abrir las ventanas.
»Mi examen fue algo más detallado, y eso por la razón que
acabo de darle: allí era el caso de probar que todas las aparentes
imposibilidades no eran tales en realidad.
«Seguí razonando en la siguiente forma... a
posteriori. Los asesinos escaparon desde una de esas ventanas. Por
tanto, no pudieron asegurar nuevamente los marcos desde el interior, tal como
fueron encontrados (consideración que, dado lo obvio de su carácter, interrumpió
la búsqueda de la policía en ese terreno). Los marcos estaban asegurados. Es
necesario, pues, que tengan una manera de asegurarse por sí mismos. La
conclusión no admitía escapatoria. Me acerqué a la ventana que tenía libre
acceso, extraje con alguna dificultad el clavo y traté de levantar el marco. Tal
como lo había anticipado, resistió a todos mis esfuerzos. Comprendí entonces que
debía de haber algún resorte oculto, y la corroboración de esta idea me
convenció de que por lo menos mis premisas eran correctas, aunque el detalle
referente a los clavos continuara siendo misterioso. Un examen detallado no
tardó en revelarme el resorte secreto. Lo oprimí y, satisfecho de mi
descubrimiento, me abstuve de levantar el marco.
»Volví a poner el clavo en su sitio y lo observé
atentamente. Una persona que escapa por la ventana podía haberla cerrado
nuevamente, y el resorte habría asegurado el marco. Pero, ¿cómo reponer el
clavo? La conclusión era evidente y estrechaba una vez más el campo de mis
investigaciones. Los asesinos tenían que haber escapado por la otra
ventana. Suponiendo, pues, que los resortes fueran idénticos en las dos
ventanas, como parecía probable, necesariamente tenía que haber una
diferencia entre los clavos, o por lo menos en su manera de estar colocados.
Trepando al armazón de la cama, miré minuciosamente el marco de sostén de la
segunda ventana. Pasé la mano por la parte posterior, descubriendo en seguida el
resorte que, tal como había supuesto, era idéntico a su vecino. Miré luego el
clavo. Era tan sólido como el otro y aparentemente estaba fijo de la misma
manera y hundido casi hasta la cabeza.
»Pensará usted que me sentí perplejo, pero si así fuera
no ha comprendido la naturaleza de mis inducciones. Para usar una frase
deportiva, hasta entonces no había cometido falta. No había perdido la pista un
solo instante. Los eslabones de la cadena no tenían ninguna falla. Había
perseguido el secreto hasta su última conclusión: y esa conclusión era el
clavo. Ya he dicho que tenía todas las apariencias de su vecino de la otra
ventana; pero el hecho, por más concluyente que pareciera, resultaba de una
absoluta nulidad comparado con la consideración de que allí, en ese punto, se
acababa el hilo conductor. “Tiene que haber algo defectuoso en el clavo”,
pensé. Al tocarlo, su cabeza quedó entre mis dedos juntamente con un cuarto de
pulgada de la espiga. El resto de la espiga se hallaba dentro del agujero, donde
se había roto. La fractura era muy antigua, pues los bordes aparecían
herrumbrados, y parecía haber sido hecho de un martillazo, que había hundido
parcialmente la cabeza del clavo en el marco inferior de la ventana. Volví a
colocar cuidadosamente la parte de la cabeza en el lugar de donde la había
sacado, y vi que el clavo daba la exacta impresión de estar entero; la fisura
resultaba invisible. Apretando el resorte, levanté ligeramente el marco; la
cabeza del clavo subió con él, sin moverse de su lecho. Cerré la ventana, y el
clavo dio otra vez la impresión de estar dentro.
»Hasta ahora, el enigma quedaba explicado. El asesino
había huido por la ventana que daba a la cabecera del lecho. Cerrándose por sí
misma (o quizá ex profeso) la ventana había quedado asegurada por su resorte. Y
la resistencia ofrecida por éste había inducido a la policía a suponer que se
trataba del clavo, dejando así de lado toda investigación
suplementaria.
»La segunda cuestión consiste en el modo del descenso. Mi
paseo con usted por la parte trasera de la casa me satisfizo al respecto. A unos
cinco pies y medio de la ventana en cuestión corre una varilla de pararrayos.
Desde esa varilla hubiera resultado imposible alcanzar la ventana, y mucho menos
introducirse por ella. Observé, sin embargo, que las persianas del cuarto piso
pertenecen a esa curiosa especie que los carpinteros parisienses denominan
ferrades; es un tipo rara vez empleado en la actualidad, pero que se ve
con frecuencia en casas muy viejas de Lyon y Bordeaux. Se las fabrica como una
puerta ordinaria (de una sola hoja, y no de doble batiente), con la diferencia
de que la parte inferior tiene celosías o tablillas que ofrecen excelente
asidero para las manos. En este caso las persianas alcanzan un ancho de tres
pies y medio. Cuando las vimos desde la parte posterior de la casa, ambas
estaban entornadas, es decir, en ángulo recto con relación a la pared. Es
probable que también los policías hayan examinado los fondos del edificio; pero,
si así lo hicieron, miraron las ferrades en el ángulo indicado, sin darse
cuenta de su gran anchura; por lo menos no la tomaron en cuenta. Sin duda,
seguros de que por esa parte era imposible toda fuga, se limitaron a un examen
muy sumario. Para mí, sin embargo, era claro que si se abría del todo la
persiana correspondiente a la ventana situada sobre el lecho, su borde quedaría
a unos dos pies de la varilla del pararrayos. También era evidente que,
desplegando tanta agilidad como coraje, se podía llegar hasta la ventana
trepando por la varilla. Estirándose hasta una distancia de dos pies y medio (ya
que suponemos la persiana enteramente abierta), un ladrón habría podido
sujetarse firmemente de las tablillas de la celosía. Abandonando entonces su
sostén en la varilla, afirmando los pies en la pared y lanzándose vigorosamente
hacia adelante habría podido hacer girar la persiana hasta que se cerrara; si
suponemos que la ventana estaba abierta en este momento, habría logrado entrar
así en la habitación.
»Le pido que tenga especialmente en cuenta que me refiero
a un insólito grado de vigor, capaz de llevar a cabo una hazaña tan azarosa y
difícil. Mi intención consiste en demostrarle, primeramente, que el hecho pudo
ser llevado a cabo; pero, en segundo lugar, y muy especialmente, insisto
en llamar su atención sobre el carácter extraordinario, casi
sobrenatural, de ese vigor capaz de cosa semejante.
»Usando términos judiciales, usted me dirá sin duda que
para «redondear mi caso» debería subestimar y no poner de tal modo en evidencia
la agilidad que se requiere para dicha proeza. Pero la práctica de los
tribunales no es la de la razón. Mi objetivo final es tan sólo la verdad. Y mi
propósito inmediato consiste en inducirlo a que yuxtaponga la insólita
agilidad que he mencionado a esa voz tan extrañamente aguda (o
áspera) y desigual sobre cuya nacionalidad no pudieron ponerse de acuerdo
los testigos y en cuyos acentos no se logró distinguir ningún vocablo
articulado.
Al oír estas palabras pasó por mi mente una vaga e
informe concepción de lo que quería significar Dupin. Me pareció estar a punto
de entender, pero sin llegar a la comprensión, así como a veces nos hallamos a
punto de recordar algo que finalmente no se concreta. Pero mi amigo seguía
hablando.
-Habrá notado usted -dijo- que he pasado de la cuestión
de la salida de la casa a la del modo de entrar en ella. Era mi intención
mostrar que ambas cosas se cumplieron en la misma forma y en el mismo lugar.
Volvamos ahora al interior del cuarto y examinemos lo que allí aparece. Se ha
dicho que los cajones de la cómoda habían sido saqueados, aunque quedaron en
ellos numerosas prendas. Esta conclusión es absurda. No pasa de una simple
conjetura, bastante tonta por lo demás. ¿Cómo podemos asegurar que las ropas
halladas en los cajones no eran las que éstos contenían habitualmente? Madame
L’Espanaye y su hija llevaban una vida muy retirada, no veían a nadie, salían
raras veces, y pocas ocasiones se les presentaban de cambiar de tocado. Lo que
se encontró en los cajones era de tan buena calidad como cualquiera de los
efectos que poseían las damas. Si un ladrón se llevó una parte, ¿por qué no tomó
lo mejor... por qué no se llevó todo? En una palabra: ¿por qué abandonó cuatro
mil francos en oro, para cargarse con un hato de ropa? El oro fue
abandonado. La suma mencionada por monsieur Mignaud, el banquero, apareció
en su casi totalidad en los sacos tirados por el suelo. Le pido, por tanto, que
descarte de sus pensamientos la desatinada idea de un móvil, nacida en el
cerebro de los policías por esa parte del testimonio que se refiere al dinero
entregado en la puerta de la casa. Coincidencias diez veces más notables que
ésta (la entrega del dinero y el asesinato de sus poseedores tres días más
tarde) ocurren a cada hora de nuestras vidas sin que nos preocupemos por ellas.
En general, las coincidencias son grandes obstáculos en el camino de esos
pensadores que todo lo ignoran de la teoría de las probabilidades, esa teoría a
la cual los objetivos más eminentes de la investigación humana deben los más
altos ejemplos. En esta instancia, si el oro hubiese sido robado, el hecho de
que la suma hubiese sido entregada tres días antes habría constituido algo más
que una coincidencia. Antes bien, hubiera corroborado la noción de un móvil.
Pero, dadas las verdaderas circunstancias del caso, si hemos de suponer que el
oro era el móvil del crimen, tenemos entonces que admitir que su perpetrador era
lo bastante indeciso y lo bastante estúpido como para olvidar el oro y el móvil
al mismo tiempo.
»Teniendo, pues, presentes los puntos sobre los cuales he
llamado su atención -la voz singular, la insólita agilidad y la sorprendente
falta de móvil en un asesinato tan atroz como éste-, echemos una ojeada a la
carnicería en sí. Estamos ante una mujer estrangulada por la presión de unas
manos e introducida en el cañón de la chimenea con la cabeza hacia abajo. Los
asesinos ordinarios no emplean semejantes métodos. Y mucho menos esconden al
asesinado en esa forma. En el hecho de introducir el cadáver en la chimenea
admitirá usted que hay algo excesivamente inmoderado, algo por completo
inconciliable con nuestras nociones sobre los actos humanos, incluso si
suponemos que su autor es el más depravado de los hombres. Piense, asimismo, en
la fuerza prodigiosa que hizo falta para introducir el cuerpo hacia arriba,
cuando para hacerlo descender fue necesario el concurso de varias
personas.
»Volvámonos ahora a las restantes señales que pudo dejar
ese maravilloso vigor. En el hogar de la chimenea se hallaron espesos (muy
espesos) mechones de cabello humano canoso. Habían sido arrancados de raíz. Bien
sabe usted la fuerza que se requiere para arrancar en esa forma veinte o treinta
cabellos. Y además vio los mechones en cuestión tan bien como yo. Sus raíces
(cosa horrible) mostraban pedazos del cuero cabelludo, prueba evidente de la
prodigiosa fuerza ejercida para arrancar quizá medio millón de cabellos de un
tirón. La garganta de la anciana señora no solamente estaba cortada, sino que la
cabeza había quedado completamente separada del cuerpo; el instrumento era una
simple navaja. Lo invito a considerar la brutal ferocidad de estas
acciones. No diré nada de las contusiones que presentaba el cuerpo de Madame
L’Espanaye. Monsieur Dumas y su valioso ayudante, monsieur Etienne, han decidido
que fueron producidas por un instrumento contundente, y hasta ahí la opinión de
dichos caballeros es muy correcta. El instrumento contundente fue evidentemente
el pavimento de piedra del patio, sobre el cual cayó la víctima desde la ventana
que da sobre la cama. Por simple que sea, esto escapó a la policía por la misma
razón que se les escapó el ancho de las persianas: frente a la presencia de
clavos se quedaron ciegos ante la posibilidad de que las ventanas hubieran sido
abiertas alguna vez.
»Si ahora, en adición a estas cosas, ha reflexionado
usted adecuadamente sobre el extraño desorden del aposento, hemos llegado al
punto de poder combinar las nociones de una asombrosa agilidad, una fuerza
sobrehumana, una ferocidad brutal, una carnicería sin motivo, una
grotesquerie en el horror por completo ajeno a lo humano, y una voz de
tono extranjero para los oídos de hombres de distintas nacionalidades y privada
de todo silabeo inteligible. ¿Qué resultado obtenemos? ¿Qué impresión he
producido en su imaginación?
Al escuchar las preguntas de Dupin sentí que un
estremecimiento recorría mi cuerpo.
-Un maníaco es el autor del crimen -dije-. Un loco
furioso escapado de alguna maison de santé de la vecindad.
-En cierto sentido -dijo Dupin-, su idea no es
inaplicable. Pero, aun en sus más salvajes paroxismos, las voces de los locos
jamás coinciden con esa extraña voz escuchada en lo alto. Los locos pertenecen a
alguna nación, y, por más incoherentes que sean sus palabras, tienen, sin
embargo, la coherencia del silabeo. Además, el cabello de un loco no es como el
que ahora tengo en la mano. Arranqué este pequeño mechón de entre los dedos
rígidamente apretados de madame L’Espanaye. ¿Puede decirme qué piensa de
ellos?
-¡Dupin... este cabello es absolutamente
extraordinario...! ¡No es cabello humano! -grité, trastornado por
completo.
-No he dicho que lo fuera -repuso mi amigo-. Pero antes
de que resolvamos este punto, le ruego que mire el bosquejo que he trazado en
este papel. Es un facsímil de lo que en una parte de las declaraciones de los
testigos se describió como «contusiones negruzcas, y profundas huellas de uñas»
en la garganta de mademoiselle L’Espanaye, y en otra (declaración de los señores
Dumas y Etienne) como «una serie de manchas lívidas que, evidentemente,
resultaban de la presión de unos dedos».
«Notará usted -continuó mi amigo, mientras desplegaba el
papel- que este diseño indica una presión firme y fija. No hay señal alguna de
deslizamiento. Cada dedo mantuvo (probablemente hasta la muerte de la
víctima) su terrible presión en el sitio donde se hundió primero. Le ruego ahora
que trate de colocar todos sus dedos a la vez en las respectivas impresiones,
tal como aparecen en el dibujo.
Lo intenté sin el menor resultado.
-Quizá no estemos procediendo debidamente -dijo Dupin-.
El papel es una superficie plana, mientras que la garganta humana es cilíndrica.
He aquí un rodillo de madera, cuya circunferencia es aproximadamente la de una
garganta. Envuélvala con el dibujo y repita el experimento.
Así lo hice, pero las dificultades eran aún
mayores.
-Esta marca -dije- no es la de una mano
humana.
-Lea ahora -replicó Dupin- este pasaje de
Cuvier.
Era una minuciosa descripción anatómica y descriptiva del
gran orangután leonado de las islas de la India oriental. La gigantesca
estatura, la prodigiosa fuerza y agilidad, la terrible ferocidad y las
tendencias imitativas de estos mamíferos son bien conocidas. Instantáneamente
comprendí todo el horror del asesinato.
-La descripción de los dedos -dije al terminar la
lectura-concuerda exactamente con este dibujo. Sólo un orangután, entre todos
los animales existentes, es capaz de producir las marcas que aparecen en su
diseño. Y el mechón de pelo coincide en un todo con el pelaje de la bestia
descrita por Cuvier. De todas maneras, no alcanzo a comprender los detalles de
este aterrador misterio. Además, se escucharon dos voces que disputaban y
una de ellas era, sin duda, la de un francés.
-Cierto, Y recordará usted que, casi unánimemente, los
testigos declararon haber oído decir a esa voz las palabras: Mon Dieu!
Dadas las circunstancias, uno de los testigos (Montani, el confitero) acertó
al sostener que la exclamación tenía un tono de reproche o reconvención. Sobre
esas dos palabras, pues, he apoyado todas mis esperanzas de una solución total
del enigma. Un francés estuvo al tanto del asesinato. Es posible -e incluso muy
probable- que fuera inocente de toda participación en el sangriento episodio. El
orangután pudo habérsele escapado. Quizá siguió sus huellas hasta la habitación;
pero, dadas las terribles circunstancias que se sucedieron, le fue imposible
capturarlo otra vez. El animal anda todavía suelto. No continuaré con estas
conjeturas (pues no tengo derecho a darles otro nombre), ya que las sombras de
reflexión que les sirven de base poseen apenas suficiente profundidad para ser
alcanzadas por mi intelecto, y no pretenderé mostrarlas con claridad a la
inteligencia de otra persona. Las llamaremos conjeturas, pues, y nos referiremos
a ellas como tales. Si el francés en cuestión es, como lo supongo, inocente de
tal atrocidad, este aviso que deje anoche cuando volvíamos a casa en las
oficinas de Le Monde (un diario consagrado a cuestiones marítimas y muy
leído por los navegantes) lo hará acudir a nuestra casa.
Me alcanzó un papel, donde leí:
-Pero, ¿cómo es posible -pregunté- que sepa usted que el hombre es un marinero y que pertenece a un barco maltes?
-No lo sé -dijo Dupin- y no estoy seguro de ello. Pero he
aquí un trocito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasienta condición,
debió de ser usado para atar el pelo en una de esas largas queues de que
tan orgullosos se muestran los marineros. Además, el nudo pertenece a esa clase
que pocas personas son capaces de hacer, salvo los marinos, y es característico
de los malteses. Encontré esta cinta al pie de la varilla del pararrayos.
Imposible que perteneciera a una de las víctimas. De todos modos, si me equivoco
al deducir de la cinta que el francés era un marinero perteneciente a un barco
maltes, no he causado ningún daño al estamparlo en el aviso. Si me equivoco, el
hombre pensará que me he confundido por alguna razón que no se tomará el trabajo
de averiguar. Pero si estoy en lo cierto, hay mucho de ganado. Conocedor, aunque
inocente de los asesinatos, el francés vacilará, como es natural, antes de
responder al aviso y reclamar el orangután. He aquí cómo razonará: «Soy inocente
y pobre; mi orangután es muy valioso y para un hombre como yo representa una
verdadera fortuna. ¿Por qué perderlo a causa de una tonta aprensión? Está ahí, a
mi alcance. Lo han encontrado en el Bois de Boulogne, a mucha distancia de la
escena del crimen. ¿Cómo podría sospechar alguien que ese animal es el culpable?
La policía está desorientada y no ha podido encontrar la más pequeña huella. Si
llegaran a seguir la pista del mono, les será imposible probar que supe algo de
los crímenes o echarme alguna culpa como testigo de ellos. Además, soy
conocido. El redactor del aviso me designa como dueño del animal. Ignoro
hasta dónde llega su conocimiento. Si renuncio a reclamar algo de tanto valor,
que se sabe de mi pertenencia, las sospechas recaerán, por lo menos, sobre el
animal. Contestaré al aviso, recobraré el orangután y lo tendré encerrado hasta
que no se hable más del asunto.»
En ese momento oímos pasos en la escalera.
-Prepare las pistolas -dijo Dupin-, pero no las use ni
las exhiba hasta que le haga una seña.
La puerta de entrada de la casa había quedado abierta y
el visitante había entrado sin llamar, subiendo algunos peldaños de la escalera.
Pero, de pronto, pareció vacilar y lo oímos bajar. Dupin corría ya a la puerta
cuando advertimos que volvía a subir. Esta vez no vaciló, sino que, luego de
trepar decididamente la escalera, golpeó en nuestra puerta.
-¡Adelante! -dijo Dupin con voz cordial y
alegre.
El hombre que entró era, con toda evidencia, un marino,
alto, robusto y musculoso, con un semblante en el que cierta expresión audaz no
resultaba desagradable. Su rostro, muy atezado, aparecía en gran parte oculto
por las patillas y los bigotes. Traía consigo un grueso bastón de roble, pero al
parecer ésa era su única arma. Inclinóse torpemente, dándonos las buenas noches
en francés; a pesar de un cierto acento suizo de Neufchatel, se veía que era de
origen parisiense.
-Siéntese usted, amigo mío -dijo Dupin-. Supongo que
viene en busca del orangután. Palabra, se lo envidio un poco; es un magnífico
animal, que presumo debe de tener gran valor. ¿Qué edad le calcula
usted?
El marinero respiró profundamente, con el aire de quien
se siente aliviado de un peso intolerable, y contestó con tono
reposado:
-No podría decirlo, pero no tiene más de cuatro o cinco
años. ¿Lo guarda usted aquí?
-¡Oh, no! Carecemos de lugar adecuado. Está en una
caballeriza de la rue Dubourg, cerca de aquí. Podría usted llevárselo mañana por
la mañana. Supongo que estará en condiciones de probar su derecho de
propiedad.
-Por supuesto que sí, señor.
-Lamentaré separarme de él -dijo Dupin.
-No quisiera que usted se hubiese molestado por nada
-declaró el marinero-. Estoy dispuesto a pagar una recompensa por el hallazgo
del animal. Una suma razonable, se entiende.
-Pues bien -repuso mi amigo-, eso me parece muy justo.
Déjeme pensar: ¿qué le pediré? ¡Ah, ya sé! He aquí cuál será mi recompensa: me
contará usted todo lo que sabe sobre esos crímenes en la rue Morgue.
Dupin pronunció las últimas palabras en voz muy baja y
con gran tranquilidad. Después, con igual calma, fue hacia la puerta, la cerró y
guardó la llave en el bolsillo. Sacando luego una pistola, la puso sin la menor
prisa sobre la mesa.
El rostro del marinero enrojeció como si un acceso de
sofocación se hubiera apoderado de él. Levantándose, aferró su bastón, pero un
segundo después se dejó caer de nuevo en el asiento, temblando violentamente y
pálido como la muerte. No dijo una palabra. Lo compadecí desde lo más profundo
de mi corazón.
-Amigo mío, se está usted alarmando sin necesidad -dijo
cordialmente Dupin-. Le aseguro que no tenemos intención de causarle el menor
daño. Lejos de nosotros querer perjudicarlo: le doy mi palabra de caballero y de
francés. Estoy perfectamente enterado de que es usted inocente de las
atrocidades de la rue Morgue. Pero sería inútil negar que, en cierto modo, se
halla implicado en ellas. Fundándose en lo que le he dicho, supondrá que poseo
medios de información sobre este asunto, medios que le sería imposible imaginar.
El caso se plantea de la siguiente manera: usted no ha cometido nada que no
debiera haber cometido, nada que lo haga culpable. Ni siquiera se le puede
acusar de robo, cosa que pudo llevar a cabo impunemente. No tiene nada que
ocultar ni razón para hacerlo. Por otra parte, el honor más elemental lo obliga
a confesar todo lo que sabe. Hay un hombre inocente en la cárcel, acusado de un
crimen cuyo perpetrador puede usted denunciar.
Mientras Dupin pronunciaba estas palabras, el marinero
había recobrado en buena parte su compostura, aunque su aire decidido del
comienzo habíase desvanecido por completo.
-¡Dios venga en mi ayuda! -dijo, después de una pausa-.
Sí, le diré todo lo que sé sobre este asunto, aunque no espero que crea ni la
mitad de lo que voy a contarle... ¡Estaría loco si pensara que van a creerme! Y,
sin embargo, soy inocente, y lo confesaré todo aunque me cueste la
vida.
En sustancia, lo que nos dijo fue lo siguiente: Poco
tiempo atrás, había hecho un viaje al archipiélago índico. Un grupo del que
formaba parte desembarcó en Borneo y penetró en el interior a fin de hacer una
excursión placentera. Entre él y un compañero capturaron al orangután. Como su
compañero falleciera, quedó dueño único del animal. Después de considerables
dificultades, ocasionadas por la indomable ferocidad de su cautivo durante el
viaje de vuelta, logró finalmente encerrarlo en su casa de París, donde, para
aislarlo de la incómoda curiosidad de sus vecinos, lo mantenía cuidadosamente
recluido, mientras el animal curaba de una herida en la pata que se había hecho
con una astilla a bordo del buque. Una vez curado, el marinero estaba dispuesto
a venderlo.
Una noche, o más bien una madrugada, en que volvía de una
pequeña juerga de marineros, nuestro hombre se encontró con que el orangután
había penetrado en su dormitorio, luego de escaparse de la habitación contigua
donde su captor había creído tenerlo sólidamente encerrado. Navaja en mano y
embadurnado de jabón, habíase sentado frente a un espejo y trataba de afeitarse,
tal como, sin duda, había visto hacer a su amo espiándolo por el ojo de la
cerradura. Aterrado al ver arma tan peligrosa en manos de un animal que, en su
ferocidad, era harto capaz de utilizarla, el marinero se quedó un instante sin
saber qué hacer. Por lo regular, lograba contener al animal, aun en sus
arrebatos más terribles, con ayuda de un látigo, y pensó acudir otra vez a ese
recurso. Pero al verlo, el orangután se lanzó de un salto a la puerta, bajó las
escaleras y, desde ellas, saltando por una ventana que desgraciadamente estaba
abierta, se dejó caer a la calle.
Desesperado, el francés se precipitó en su seguimiento.
Navaja en mano, el mono se detenía para mirar y hacer muecas a su perseguidor,
dejándolo acercarse casi hasta su lado. Entonces echaba a correr otra vez.
Siguió así la caza durante largo tiempo. Las calles estaban profundamente
tranquilas, pues eran casi las tres de la madrugada. Al atravesar el pasaje de
los fondos de la rue Morgue, la atención del fugitivo se vio atraída por la luz
que salía de la ventana abierta del aposento de madame L’Espanaye, en el cuarto
piso de su casa. Precipitándose hacia el edificio, descubrió la varilla del
pararrayos, trepó por ella con inconcebible agilidad, aferró la persiana que se
hallaba completamente abierta y pegada a la pared, y en esta forma se lanzó
hacia adelante hasta caer sobre la cabecera de la cama. Todo esto había ocurrido
en menos de un minuto. Al saltar en la habitación, las patas del orangután
rechazaron nuevamente la persiana, la cual quedó abierta.
El marinero, a todo esto, se sentía tranquilo y
preocupado al mismo tiempo. Renacían sus esperanzas de volver a capturar a la
bestia, ya que le sería difícil escapar de la trampa en que acababa de meterse,
salvo que bajara otra vez por el pararrayos, ocasión en que sería posible
atraparlo. Por otra parte, se sentía ansioso al pensar en lo que podría estar
haciendo en la casa. Esta última reflexión indujo al hombre a seguir al
fugitivo. Para un marinero no hay dificultad en trepar por una varilla de
pararrayos; pero, cuando hubo llegado a la altura de la ventana, que quedaba muy
alejada a su izquierda, no pudo seguir adelante; lo más que alcanzó fue a
echarse a un lado para observar el interior del aposento. Apenas hubo mirado,
estuvo a punto de caer a causa del horror que lo sobrecogió. Fue en ese momento
cuando empezaron los espantosos alaridos que arrancaron de su sueño a los
vecinos de la rue Morgue. Madame L’Espanaye y su hija, vestidas con sus
camisones de dormir, habían estado aparentemente ocupadas en arreglar algunos
papeles en la caja fuerte ya mencionada, la cual había sido corrida al centro
del cuarto. Hallábase abierta, y a su lado, en el suelo, los papeles que
contenía. Las víctimas debían de haber estado sentadas dando la espalda a la
ventana, y, a juzgar por el tiempo transcurrido entre la entrada de la bestia y
los gritos, parecía probable que en un primer momento no hubieran advertido su
presencia. El golpear de la persiana pudo ser atribuido por ellas al
viento.
En el momento en que el marinero miró hacia el interior
del cuarto, el gigantesco animal había aferrado a madame L’Espanaye por el
cabello (que la dama tenía suelto, como si se hubiera estado peinando) y agitaba
la navaja cerca de su cara imitando los movimientos de un barbero. La hija yacía
postrada e inmóvil, víctima de un desmayo. Los gritos y los esfuerzos de la
anciana señora, durante los cuales le fueron arrancados los mechones de la
cabeza, tuvieron por efecto convertir los propósitos probablemente pacíficos del
orangután en otros llenos de furor. Con un solo golpe de su musculoso brazo
separó casi completamente la cabeza del cuerpo de la víctima. La vista de la
sangre transformó su cólera en frenesí. Rechinando los dientes y echando fuego
por los ojos, saltó sobre el cuerpo de la joven y, hundiéndole las terribles
garras en la garganta, las mantuvo así hasta que hubo expirado. Las furiosas
miradas de la bestia cayeron entonces sobre la cabecera del lecho, sobre el cual
el rostro de su amo, paralizado por el horror, alcanzaba apenas a divisarse. La
furia del orangután, que, sin duda, no olvidaba el temido látigo, se cambió
instantáneamente en miedo. Seguro de haber merecido un castigo, pareció deseoso
de ocultar sus sangrientas acciones, y se lanzó por el cuarto lleno de nerviosa
agitación, echando abajo y rompiendo los muebles a cada salto y arrancando el
lecho de su bastidor. Finalmente se apoderó del cadáver de mademoiselle
L’Espanaye y lo metió en el cañón de la chimenea, tal como fue encontrado luego,
tomó luego el de la anciana y lo tiró de cabeza por la ventana.
En momentos en que el mono se acercaba a la ventana con
su mutilada carga, el marinero se echó aterrorizado hacia atrás y, deslizándose
sin precaución alguna hasta el suelo, corrió inmediatamente a su casa, temeroso
de las consecuencias de semejante atrocidad y olvidando en su terror toda
preocupación por la suerte del orangután. Las palabras que los testigos oyeron
en la escalera fueron las exclamaciones de espanto del francés, mezcladas con
los diabólicos sonidos que profería la bestia.
Poco me queda por agregar. El orangután debió de escapar
por la varilla del pararrayos un segundo antes de que la puerta fuera forzada.
Sin duda, cerró la ventana a su paso. Más tarde fue capturado por su mismo
dueño, quien lo vendió al Jardin des Plantes en una elevada
suma.
Lebon fue puesto en libertad inmediatamente después que
hubimos narrado todas las circunstancias del caso -con algunos comentarios por
parte de Dupin- en el bureau del prefecto de policía. Este funcionario,
aunque muy bien dispuesto hacia mi amigo, no pudo ocultar del todo el fastidio
que le producía el giro que había tomado el asunto, y deslizó uno o dos
sarcasmos sobre la conveniencia de que cada uno se ocupara de sus propios
asuntos.
-Déjelo usted hablar -me dijo Dupin, que no se había
molestado en replicarle-. Deje que se desahogue; eso aliviará su conciencia. Me
doy por satisfecho con haberlo derrotado en su propio terreno. De todos modos,
el hecho de que haya fracasado en la solución del misterio no es ninguna razón
para asombrarse; en verdad, nuestro amigo el prefecto es demasiado astuto para
ser profundo. No hay fibra en su ciencia: mucha cabeza y nada de cuerpo, como
las imágenes de la diosa Laverna, o, a lo sumo, mucha cabeza y lomos, como un
bacalao. Pero después de todo es un buen hombre. Lo estimo especialmente por
cierta forma maestra de gazmoñería, a la cual debe su reputación. Me refiero a
la manera que tiene de nier
ce qui est, et d’ expliquer ce qui n’est pas.
FIN
|
| Traducción de Julio Cortázar |
viernes, 2 de agosto de 2013
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario