Un lenguaje sin lengua: la narrativa del film*
Christian Metzs
Es difícil que quien se acerque al cine desde el punto de
vista lingüístico, no se vea remitido sin cesar de una a otra de las evidencias
que dividen las opiniones: el cine es un lenguaje; el cine es infinitamente
distinto del lenguaje verbal.
La fórmula básica, que no ha cambiado, es la que consiste en
llamar “película” a una gran unidad que nos cuenta una historia: e “ir al cine”
es ir a ver esa historia.
Era necesario que el cine fuera un buen relator, que tuviera
la narratividad bien asegurada al cuerpo, para que las cosas hayan llegado tan
rápido y se hayan quedado, en el lugar donde las vemos.
La secuencia no suma los planos, los suprime.
La fotografía nunca tuvo por finalidad contar cuentos.
Cuando lo hace, imita al cine: despliega en el espacio la “sucesividad”, que el
cine hubiera desplegado en el tiempo y sobre la página de la fotonovela que en
ese mismo orden hubieran desfilado sobre la pantalla. La fotonovela sirve con
frecuencia para contar el argumento de una película preexistente: consecuencia de
un parecido más profundo, que deriva a su vez de una diferencia fundamental: la
foto es tan poco apta para relatar, que cuando lo hace se convierte en cine.
Bela Balazs, teórico húngaro, constataba que si el montaje
de cine era soberano, lo era por la fuerza: aun en dos imágenes yuxtapuestas al
azar, el espectador descubriría una “continuidad”. Los cineastas lo
comprendieron y decidieron que esta “continuidad” era asunto de ellos, que la
manejarían a su gusto.
El cine es lenguaje más allá de todo efecto particular de
montaje. No es porque sea un lenguaje que el cine puede contarnos historias tan
hermosas, sino que por habernos contado historias tan bellas pudo convertirse
en lenguaje.
Los dos movimientos son uno solo. Si la riqueza significante
del código y la del mensaje estuvieran unidas entre sí por la relación
oscuramente rigurosa de una suerte de proporcionalidad inversa: el código,
cuando existe, es grosero; cuando los que creyeron en él fueron grandes
cineastas, lo fueron pese a él; al afirmarse, el mensaje evita el código; el
código podrá en cualquier momento cambiar o desaparecer; el mensaje podrá en
cualquier momento encontrar el medio de significarse de otra manera.
El cine-lengua y las verdaderas lenguas: la paradoja del
cine parlante:
En la época en que el cine se consideraba como una verdadera
lengua, experimentaba una suerte de horror sagrado por las lenguas verdaderas.
Podría creerse que antes de 1930 el mutismo mismo de las películas le hubiera
asegurado una protección automática contra la execrada verbalidad.
Los teóricos de esa época, sentían casi miedo del lenguaje
verbal, pues en el momento mismo en que definían al cine como un lenguaje no
verbal, lo que confusamente imaginaban presente en el film, era precisamente un
mecanismo seudo verbal. Un examen de los escritos teóricos de esta época
mostraría fácilmente una sorprendente convergencia de concepciones: la imagen
es como una palabra, la secuencia es como una frase; una secuencia se construye
con imágenes, así como una frase se construye con palabras, etc.
Vemos que la paradoja del cine “hablado” tenía sus raíces en
pleno corazón del cine mudo. Pero lo más paradójico no se había producido aún:
el advenimiento del cine hablado, que hubiera debido cambiar no sólo las
películas sino también las teorías que acerca de ellas se elaboraban, no
modificó para nada estas últimas al menos durante varios años.
La desconcertante facilidad con que el habla se introdujo de
hecho en las películas de todos aquellos cuyas declaraciones habían unido indisolublemente
la supervivencia del arte del cine a la permanencia de su mudez no es el
aspecto menos importante de la paradoja. Hubo una suerte de empecinamiento por
explicar que no cambiaba nada esencial y que las leyes de la lengua
cinematográfica seguían siendo las mimas que antes.
Con excepción de M. Pagnol, esta resistencia a ver, o mejor
dicho a oír, aparece bajo una forma menos estéril y caricaturesca, aun entre
quienes tuvieron en el momento de la aparición del cine hablado, la reacción
más rica y fecunda.
La aparición de la palabra en el cine debía en un cierto
sentido acercarlo fatalmente al teatro, contrariamente a una opinión demasiado
difundida y pese a numerosos análisis que desde 1930 subrayaron las diferencias
entre la palabra teatral y la palabra cinematográfica. Análisis ampliamente
convergentes que sugieren a su modo, que el verbo del teatro es soberano y
constituyente del universo representado, en tanto que la palabra del cine es
súbdita y está constituida por el universo diegético.
Cuando el cine era mudo, se le reprochaba hablar demasiado.
Cuando se puso a hablar, se declaró que, en lo esencial, seguía y debía seguir
siendo mudo. Antes de 1930 las películas eran mudamente charlatanas
(gesticulación seudo verbal). El cine-lengua no podía ser parlante: nunca lo
fue. El cine hablado no data de 1930 sino de 1940, aproximadamente, cuando poco
a poco el cine decidió cambiarse a sí mismo para recibir la palabra, que, ya
presente, parecía sin embargo, no atreverse a entrar.
El cine habla mejor, la palabra al menos por regla general,
no desentona. Se debe entender que la película habla mejor en tanto película.
No es que el texto sea necesariamente mejor, lo que sucede es que se adapta
mejor a la película.
Para un cine que se declaraba lenguaje pero se pensaba como
una lengua (universal y no convencional, por cierto, pero lengua al fin, puesto
que quería formar un sistema bastante estricto y lógicamente anterior a todo
mensaje), las verdaderas lenguas no podían traer al cine más que un desdichado
acrecentamiento y una rivalidad intempestiva: no se podía pensar seriamente en
integrarlas en el juego de las imágenes, menos aún en fusionarlas con ellas,
apenas en conciliarlas.
El “plano secuencia” hizo más por el cine parlante que el
advenimiento del cine parlante. Sin embargo, todos estos “lenguajes” no están,
frente al cine, en el mismo plano: el cine anexó posteriormente la palabra, el
ruido, la música; trajo consigo al nacer el discurso a base de imágenes. Por
tal motivo, una verdadera definición de la especificidad cinematográfica no
puede darse más que a dos niveles: discurso fílmico y discurso a base de
imágenes.
En tanta totalidad, el discurso fílmico es específico por su
composición. El film-totalidad no puede ser lenguaje si previamente no es arte.
Aquí la perspectiva se invierte: en primer lugar, la
secuencia de las imágenes es un lenguaje. El discurso a base de imágenes es un
vehículo específico: no existía antes del cine; hasta 1930 solo él bastó para
definir la película. Por el contrario, en las películas de ficción, este
lenguaje de la imagen tiende a convertirse en arte, así como el lenguaje
verbal, susceptible de mil empleos utilitarios, es capaz de convertirse en
encantación, poesía, teatro, novela.
La especificidad del cine es la presencia de un lenguaje que
quiere hacerse arte en el seno de un arte que quiere hacerse lenguaje.
Ahora bien, ni el discurso a base de imágenes, ni el
discurso fílmico son lenguas. Lenguaje o arte, el discurso a base de imágenes
es un sistema abierto, difícil de codificar, con sus unidades no discretas, su
inteligibilidad demasiado natural, su falta de distancia del significante al
significado.
La película tal como la conocemos, no es una mezcla
inestable: lo que sucede es que sus elementos no son incompatibles. Y si no lo
son, es porque ninguno de ellos es una lengua. No se pueden emplear dos lenguas
al mismo tiempo; quien se dirige a mí en inglés no lo hace en alemán. Los
lenguajes, por el contrario, toleran mejor este tipo de superposiciones, al
menos dentro de ciertos límites: quien se dirige a mí por medio de lenguaje
verbal (inglés o alemán) puede al mismo tiempo gesticular.
Cine y lingüística:
El estudio del film está doblemente relacionado con la
lingüística, en dos momentos diferentes de su desarrollo y, en el segundo, no
exactamente con la misma lingüística que en el primero.
Sabemos que fue Saussure quien fijó el estudio de la lengua
como objeto de la lingüística. Pero es también Saussure quien echó las bases de
una ciencia más amplia, la semiología, de la cual la lingüística sería un
sector particular, si bien particularmente importante.
La lingüística propiamente dicha, que concentra sus fuerzas
sobre la lengua humana, llegó a conocer su objeto con un rigor a menudo
envidiable. De este modo, en un primer momento, buena parte del discurso a base
de imágenes que va tejiendo la película, se vuelve comprensible, o por lo menos
más comprensible, si se lo encara desde el punto de vista de la diferencia con
la lengua. Comprender lo que la película no es, es ganar tiempo, y no perderlo,
en el esfuerzo por captar lo que es. Este último objetivo define el segundo
momento del estudio del cine. El “segundo”, es propiamente semiológico,
translingüístico; sus posibilidades de apoyarse sobre lo ya hecho son menores;
lejos de hacerse ayudar, debería, por el contrario, ayudar (si se puede) a
hacer cosas nuevas: está pues, destinado a sufrir las incomodidades de la
semiología actual.
El discurso a base de imágenes respecto de la lengua; el
problema de la “sintaxis” cinematográfica:
Segunda articulación:
El cine no tiene en sí nada que corresponda a la segunda
articulación, ni siquiera metafóricamente. Esta articulación opera en el plano
del significante pero no en el del significado: el fonema, y con mayor razón el
rasgo, son unidades distintivas sin significación propia. Su sola existencia
implica una gran diferencia entre “contenido” y “expresión”. En el cine, la
distancia es demasiado corta. El significante es una imagen, el significado, lo
que representa la imagen. Si una imagen representa tres perros y si “corto” el
tercero, no puedo, sino cortar al mismo tiempo el significante y el significado
“tercer perro”.
Los teóricos del cine mudo se complacían en hablar del cine
como de un esperanto. Nada más equivocado. Es cierto que es esperanto difiere
de las lenguas comunes, pero ello se debe precisamente a que realiza a la
perfección aquello hacia lo cual dichas lenguas tienden sin cesar: un sistema
totalmente convencional, codificado y organizado. El cine difiere también de
las lenguas están como bloqueadas entre dos esperantos: uno, el verdadero (o el
ido, o el novial) es un “esperanto” por exceso de “lingüisticidad”; otro el
cine, por defecto.
En suma, la universalidad del cine es un fenómeno de dos
caras. Cara positiva: el cine es universal porque la percepción visual es
prácticamente la misma en el mundo entero. Cara negativa: el cine es universal
porque escapa a la segunda articulación. Hay que insistir sobre la solidaridad
de las dos comprobaciones: un espectáculo visual provoca una adherencia del
significante al significado que imposibilita su separación en un momento dado,
y por consiguiente la existencia de una segunda articulación.
El esperanto propiamente dicho es fabricado, es un “después”
de la lengua. El “esperanto visual” está dado, es un “antes” de la lengua. Como
lo señala R. Jakobson la frase es siempre más o menos traducible, porque
corresponde a un movimiento real del pensamiento y no a una unidad de código.
Además, la palabra da lugar a equivalencias interlingüísticas muy imperfectas,
pero suficientes como para posibilitar la existencia de los diccionarios. El
fonema es radicalmente intraducible puesto que está exhaustivamente definido
por su posición en la red fonológica de cada lengua. Volvemos así a la idea de
que si el discurso a base de imágenes no necesita traducción alguna, es porque,
al escapar a la segunda articulación, está de antemano traducido a todas las
lenguas: el colmo de lo traducible es lo idéntico en todas partes. El cine no
es una lengua sino es un lenguaje de arte. La palabra “lenguaje” tiene
numerosas acepciones, más o menos estrictas, y todos están, hasta cierto punto,
justificados.
Primera articulación:
Si el cine no tiene fonemas, tampoco tiene, pese a lo que se
diga, “palabras”. Tampoco obedece a la primera articulación. Habría que mostrar
que las complicaciones casi insuperables con que tropiezan las “sintaxis” del
cine provienen en gran parte de una confusión inicial: la definición de la
imagen como palabra y de la secuencia como frase. Ahora bien, la imagen (al
menos la del cine) equivale a una o varias frases, y la secuencia es un
enunciado complejo.
De más está decir que en lo que acabamos de ver y en lo que
veremos más adelante, el término “frase” designa la frase oral y no la frase
escrita de los gramáticos (enunciado complejo con aserciones múltiples
comprendido entre dos puntuaciones fuerte). La imagen del cine es simplemente
una suerte de “equivalente” de la frase hablada, no de la frase escrita, de que
ciertos “planos” o grupos de planos puedan corresponder además a frase de tipo
“escrito”. Por diversas razones el cine evoca la expresión escrita mucho más
que el lenguaje hablado.
¿Cómo interpretar esta “correspondencia” entre la imagen
fílmica y la frase? La imagen que muestra a un hombre caminando por la calle
equivale a la frase: “Un hombre camina por la calle”. Equivalencia grosera por
cierto, sobre la cual habría mucho que decir. Pero de todos modos esta misma
imagen fílmica no corresponde en absoluto a la palabra “hombre” o “caminar” o
“calle” y menos aún al artículo “la” o al morfema.
Más aún que por su cantidad de sentido, la imagen es frase
por su carácter aseverativo. La imagen está siempre actualizada. Es por esto
que, aún en las imágenes, que por su contenido correspondería a una palabra,
también son frases. Es este un caso particular, especialmente ilustrativo. Un
primer plano de revólver, no significa “revólver” (unidad lexical puramente
virtual), sino que significa por lo menos, y sin hablar de las connotaciones
“He aquí un revólver”. Lleva consigo su actualización, una suerte de “he aquí”.
Cine y sintaxis:
De este modo, la imagen es siempre habla, nunca unidad de
lengua. Hay una sintaxis del cine, pero aún no ha sido elaborada, y no podrá
serlo más que sobre bases sintácticas y no morfológicas, Saussure señalaba que
la sintaxis no era sino un aspecto de la dimensión sintagmática del lenguaje,
pero que toda sintaxis era sintagmática. El “plano” es la menor unidad
sintagmática de la película, es el “taxema”, en el sentido utilizado por L.
Hjemslev, la secuencia es un gran conjunto sintagmático.
La paradigmática de la película:
En los escritos de los teóricos, la palabra “montaje” tomada
en sentido amplio engloba a menudo el corte, pero la operación inversa nunca
tiene lugar. En el cine, el momento del ordenamiento (montaje) es, en cierta
medida, más esencial, sin duda porque esta selección, demasiado abierta, no es
tal. Por este motivo, en el plano artístico, el contenido de cada “plano”
aislado es de gran importancia, aun cuando la preparación también sea un arte.
A nivel del “plano” hay arte. A nivel de la secuencia hay arte y lenguaje.
Solo en muy escasa medida el segmento fílmico adquiere
sentido respecto de los otros segmentos que hubieran podido aparecer en el
mismo punto de la cadena.
En la película, todo está presente: de ahí su evidencia, y
también su opacidad. La riqueza de las relaciones in praesentia vuelve
superflua, a la vez que imposible, la estricta organización de las relaciones
in asbtentia. La película es difícil de explicar porque es fácil de comprender.
La imagen se impone, “tapa” todo cuanto no es ella.
Mensaje rico con código pobre, texto con sistema pobre, el
cine es ante todo habla. Todo en él es aseveración. La palabra unidad de
lengua, está ausente; la frase, unidad de habla es soberana.
El tipo cowboy blanco/cowboy negro no define más que una
clase de paradigma fílmico. Otras “oposiciones” fílmicas, también más o menos
conmutables, están aún más imbricadas en el discurso y apuntan a especies de
morfemas. Muchos “movimientos de cámara” (Travelling hacia adelante/ Travelling
hacia atrás) o “procedimientos de puntuación” (Esfumatura/montaje seco; es
decir, esfumatura/grado cero) pueden ser examinados desde este punto de vista.
El “travelling” hacia adelante y el “travelling” hacia atrás corresponden a dos
intencionalidades de la mirada, pero esta mirada tiene siempre un objeto: el
“travelling” hacia adelante expresa una concentración de la atención que no
apunta nunca a sí misma sino siempre a un objeto. Muchos movimientos de cámara
consisten en entregar un objeto inverosímil.
La intelección fílmica:
La película se comprende siempre, siempre en mayor o menor
grado, y tanto ese más como ese menos no son cuantificables, pues faltan, en
este caso, los grados discretos, las unidades de significación fácilmente
enumerables. Es conveniente separr con mucha claridad todos los casos, en que
un mensaje es ininteligible por la naturaleza misma de lo que en él se dice,
sin que el mecanismo semiológico tenga algo que ver en el asunto. Muchas
películas son ininteligibles, porque su diégesis encierra en sí misma
realidades o nociones demasiado sutiles o demasiado exóticas, o que
erróneamente se suponen conocidas.
Cine y literatura: el problema de la expresividad fílmica:
El cine no es una lengua porque infringe desde tres puntos
de vista la definición de las lenguas admitidas por casi todos los lingüistas:
una lengua es un sistema de signos cuyo objeto es la intercomunicación. El
cine, al igual que las artes y por ser una de ellas, es una “comunicación”; en
realidad es mucho más un medio de expresión que de comunicación. Tiene muy poco
de sistema, emplea muy pocos signos verdaderos.
La imagen es siempre y en primer lugar una imagen; reproduce
en toda su literalidad perceptiva el espectáculo significado del cual es
significante. La imagen no es la indicación de algo distinto de sí misma, sino
la seudo-presencia de lo que ella misma contiene.
El contenido de la película puede ser “realista” o no; la
película, por su parte, no muestra más que lo que muestra. Sólo la música y la
arquitectura tienen el privilegio de poder desplegar de entrada su expresividad
puramente estética en un material puramente impresivo y que no designa nada.
Pero la literatura y el cine están por naturaleza condenados a la connotación,
puesto que la denotación precede siempre su empresa artística.
En este sentido hay sin embargo una diferencia importante
entre la literatura y el cine. En este último la expresividad estética se
injerta sobre una expresividad natural, la del paisaje o del rostro que nos
muestra la película. En las artes del verbo, se injerta, no ya sobre una
verdadera expresividad primaria, sino sobre una significación convencional,
ampliamente inexpresiva: la del lenguaje verbal.
Lo esencial está pues en otra parte: a decir verdad, no
existe un empleo totalmente “estético” del cine, pues hasta la imagen más
connotativa no puede evitar del todo ser designación fotográfica. No existe
tampoco un empleo totalmente utilitario del cine: hasta la imagen más
denotativa tiene algo de connotación. El documental didáctico más chatamente
explicativo no puede evitar encuadrar sus imágenes y organizar su sucesión con
algo de preocupación artística.
Todo esto sucede porque el cine tiene una connotación
homogénea a su denotación, y como ella expresiva. En él se pasa sin cesar del
arte al no arte, o a la inversa.
Conclusión:
Cuatro maneras hay de aproximarse al cine: la crítica del
cine, historia del cine, la teoría del cine (reflexión fundamental acerca del
cine o de la película; los “teóricos” son o bien cineastas, o aficionados
entusiastas, o críticos; ahora bien, ya se dijo que la crítica misma forma
parte de la institución cinematográfica. En cuatro lugares tenemos a la
filmología, estudio científico realizado desde afuera por psicólogos,
psiquiatras, sociólogos, pedagogos, biólogos.
________________________________________
[1] Una lengua es un código fuertemente organizado. .El
lenguaje abarca una zona mucho más vasta: Saussure decía que el lenguaje es la
suma de la lengua y del habla.
*Metz, Christian. "Ensayos sobre la significación en el
cine." Barcelona, Paidós, 2001.

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