domingo, 10 de noviembre de 2013

CINE › ENTREVISTA AL CRITICO, DOCENTE Y REALIZADOR JEAN-LOUIS COMOLLI

“Hoy el poder no pasa por mostrar, sino por ocultar”

El hombre que formó parte durante años del staff de la revista Cahiers du cinema y es una de las voces más reconocidas de la crítica francesa sostiene que el espectador de cine está sometido a “películas parecidas a un espejismo; muestran lo que uno quiere ver”.
 Por Ezequiel Boetti
Jean-Louis Comolli es un partisano que resiste los embates del cine espectáculo. No lo hace desde la vociferación infundada (esa que se ampara en la impunidad de los criterios del gusto o el interés), sino desde una larga vida dedicada a deconstruir la ontología de una imagen y develar los enrevesados mecanismos de la significación cinematográfica. Así, mientras la gran mayoría ve –elige ver– un entretenimiento sabatino, él escruta en sus recovecos formales. Comolli interpreta cada decisión estética como parte de un todo que ha servido de herramienta fundacional –fundamental– para la creación de una conciencia colectiva a lo largo y ancho del siglo pasado. “Yo reflexiono sobre la relación entre la sociedad y las películas a través de la historia del cine y la historia, que son paralelas. Lo que me interesa son los desafíos políticos de las decisiones estéticas”, afirma el crítico, docente y realizador, quien llegó a la Argentina esta semana con una agenda cargadísima que incluyó un seminario, una masterclass y la presentación de varios films del ciclo Jean-Louis Comolli: filmar para ver, que culminará hoy en la Sala Lugones del Teatro San Martín (ver recuadro). Si a todo lo anterior se le suma la publicación Cine contra espectáculo (Editorial Manantial) de hace un par de años, queda claro que hay tela de sobra para cortar a lo largo de una jugosa entrevista con Página/12.
Nacido en Francia en 1941, Comolli comenzó su carrera en los ’60, alternando desde entonces práctica y teoría. ¿Francia? ¿Los ’60? ¿Críticos haciendo cine y directores escribiendo sobre él? La respuesta a todo es Cahiers du cinema, revista cuyo staff integró durante gran parte de la década, llegando incluso a convertirse en redactor en jefe entre 1966 y 1971. El paso por la mítica publicación gala explica por qué, para él, cine e ideología son indivisibles. “Hacer películas es frustrar al espectador, no es satisfacerlo. Creo que a través de esta frustración se accede a un nivel superior de conciencia, a una visión de otro tipo, de otra naturaleza más fuerte, más potente”, dijo a la revista digital Grupo Kane en su visita anterior. Claro que medio siglo es una eternidad en términos tecnológicos, sobre todo en una disciplina surgida hace apenas cien años, por lo que los parámetros de la discusión hoy son distintos. O quizás no. “Las razones que hacen del cine no sólo un arte, sino también una herramienta en la toma de conciencia y en la politización de la sociedad están más presentes que nunca. Estas cuestiones son las mismas que nos planteamos en los ’60 y las respuestas siguen siendo poco claras”, diagnostica el crítico antes de asegurar que quienes más se interiorizan en las discusiones teóricas sobre las imágenes son los jóvenes.
–¿Eso responde a un interés mayor de ellos hacia su visión?
–Creo que ellos comprenden mejor que el cine tiene divergencias, que una parte importante se convirtió esencialmente en un fenómeno económico con una ideología reaccionaria, y otra hace un trabajo creativo en el sentido más fuerte del término, ese que tenía plena conciencia de que todo trabajo creativo cuestiona el orden del mundo. Esa división ya estaba presente hace cincuenta años, pero ahora es mucho más visible y los jóvenes amantes del cine la ven de entrada, mientras que a mí me llevó más de 30 años darme cuenta.
–Usted habla de un “cine económico” y otro “creativo”. ¿No cree que haya un tipo de cine o al menos algunas películas que unan ambas vertientes?
–Sí, pero es mucho más excepcional que antes. John Ford hizo 140 películas que eran populares y al mismo tiempo se preocupaba por su contenido estético y moral. Hoy, por ejemplo, Brian de Palma jamás podrá llegar a esa cifra. Esa es la diferencia: hay muy pocos nombres de Hollywood que intenten unir esas vertientes. En la época en que yo estaba en Cahiers, el 80 por ciento del cine fuerte era norteamericano.
–¿A qué atribuye esa falta de nombres?
–A las necesidades de un mercado que modela las mentes, los cuerpos, los deseos y por sobre todo a los espectadores. Lo que no se entiende bien es que las obras de arte –películas, pinturas, libros– son fábricas de pensar. Uno puede no darse cuenta, pero es un proceso interno que de a poco modifica el pensamiento. Por ejemplo, haga una antología de todas las películas de acción norteamericanas, cuente la cantidad de explosiones y tendrá una idea de que la América de hoy está trabajada por la destrucción del mundo. El capitalismo, como se sabe, cambió mucho en los últimos años, pasando de una posición de construcción a otra de destrucción porque hoy se gana dinero de esa forma. Y el cine muestra eso: explotan los autos y también los negocios.
–Pero en ese caso particular que usted menciona se reflexiona a través de lo espectacular.
–Siempre hay reflexión. Crear, escribir y filmar es tomar decisiones, y se puede decir que en gran parte del cine esas decisiones no son claras, porque está la tentación de jugar en varios cuadros: un poco de acción, otro de reflexión, otro de sexo. Son películas parecidas a un espejismo; muestran lo que uno quiere ver.
–En Cine contra espectáculo cataloga como un “hecho consumado” la relación entre espectáculo y mercancía prefigurada en los ’60. ¿Es reversible?
–La mercancía y el espectáculo son lo mismo, van de la mano. Marx lo dijo en 1880 y no sólo no cambió, sino que se agravó. La mercadería necesita luz y el espectáculo también. Uno no se imagina un espectáculo en el que nadie vea nada ni tampoco una mercadería a oscuras, porque no se podría vender. La cuestión de lo visible está latente. Nuestro mundo está hecho de paneles de visibilidad amplios y ahí hay mercadería, espectáculo e información, todo prensando y entretejido.
–En ese sentido, podría pensarse que el par mercadería-espectáculo está presente desde el mismo surgimiento del cine.
–El espectáculo existe desde siempre, pero durante mucho tiempo estuvo relacionado a lo social y material. Para pintar hacen falta tinta y tela, lo que convierte al pintor en un prisionero técnico. Eso duró mucho tiempo, hasta que llegó el momento de la explosión tecnológica y el espectáculo pudo entrar en todas partes.
–¿Se refiere a la televisión?
–Sí, porque ella, a diferencia del cine, está en tu casa. Pero tu casa es la del todo el mundo, lo que implica una generalización de lo espectacular que penetra por todos lados. El último ejemplo que podría dar es el de Julian Assange con Wikileaks y Edward Snowden con las filtraciones de la CIA. Lo que un día era secreto al otro era parte del espectáculo. Guy Debord ya había dicho en La sociedad del espectáculo que mientras más se generaliza el espectáculo, más se refuerza lo secreto. Es así que llegamos a la situación paradójica de que secreto y espectáculo se encuentran. El gran espectáculo hoy pasa por descubrir el secreto.
–Usted habla de un espectáculo que entra por todos lados, lo que podría vincularse también con la reducción de los formatos de consumo. Si hace cien años la imagen en movimiento era exclusiva del cine, hoy ya está incluso en los celulares. ¿Qué ocurre con la percepción de esas imágenes?
–Respecto de eso hay que decir que el mundo visible se divide en dos. Uno que no está encuadrado y otro que sí, que es el que se ve en el cine pero también en la televisión, los celulares e incluso los espejos. Hoy se comprende que entre ellos hay más que una diferencia, hay una oposición.
–¿Por qué?
–Porque la industria del espectáculo intenta hacer desaparecer la limitación del marco para dar la ilusión de que puede verse la vida real en una pantalla, algo evidentemente falso porque lo que se ve es el cuadro, una prisión que encierra el cuerpo y oscurece lo que no hay dentro. Estamos en un mundo en el que muchas cosas no son visibles y el interés de la industria del espectáculo es hacernos creer lo contrario. O sea, que todo puede ser visto, por lo tanto comprado, y que todo está a nuestra disposición, cuando por detrás se oculta una gran parte del mundo. El poder hoy no pasa por mostrar, sino por ocultar. Es muy distinto a lo que ocurría con la pintura en el siglo XVII o XVIII, cuando los grandes líderes se exhibían pintándose en su gloria. Intente hacer una película documental sobre gente con poder y verá que es muy difícil, porque tienen miedo. Y tienen razón en tenerlo.
–Hace un rato hablaba del interés de los jóvenes en sus teorías. Lo llamativo es que esa generación creció en un bombardeo audiovisual que alcanzó su punto máximo con Youtube. ¿Cree que ellos tienen conciencia del poder de las imágenes?
–Lo que cambió mucho, y para mí de forma positiva, es que la práctica del cine, que por sus costos estuvo reservada durante más de un siglo a las élites, hoy se ha multiplicado. El mercado se apropió del deseo de mostrar y de hacer ver y fabricó las herramientas que todos utilizamos. Una parte amplia de gente, sobre todo los jóvenes, está confrontada por la práctica de hacer imágenes y sobre todo encuadrar, que es un acto teórico pasado a la práctica, una manifestación del pensamiento. Toda imagen es una condensación de decisiones. Muchos no se hacían estas preguntas y hoy, si no se las hacen, al menos tienen la posibilidad.
–¿Pero los jóvenes se cuestionan la carga ideológica de una imagen?
–Eso llega de a poco, es inevitable. Es la herramienta la que les habla y les dice en qué hay que pensar, en qué no, cuál es la mejor decisión formal posible. La cuestión del cómo es fundamental. Lentamente se toma conciencia de eso.
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miércoles, 23 de octubre de 2013

El simulacro del mundo

http://148.206.107.15/biblioteca_digital/estadistica.php?id_host=6&tipo=ARTICULO&id=1984&archivo=7-134-1984kgn.pdf&titulo=El%20simulacro%20del%20mundo%20(Traducción%20de%20Ma.%20Eug
Los modos televisivos del yo
(entre no ficción y ficción)

Graciela Varela

Eso, ese cuerpo, que está diciendo yo, ese yo que habla y se constituye como tal en cada instancia de enunciación,  y define a lo largo del relato de sí, su identidad (en tanto igual a otros que también pueden decir yo de sí mismos; en tanto un carácter particular, que se mantiene en el tiempo y va mutando; en tanto sujeto- cuerpo que se compromete con los otros y se somete a la ley social),[1] resulta una evidencia que nos deslumbra, a la hora de describir los modos de su aparición televisiva.
En la enumeración podemos contar: el presentador frente a cámara que habla al público, “representándose a sí mismo y no a un personaje ficticio” del que hablaba Eco (1983); ese modo de encarnación deíctica y fuerte reflexividad, según Nel (1997); las formas convocadas del yo que testimonia –tanto el testigo de algún suceso como el narrador de su propia vida- en el seno de una multiplicidad de entrevistas mediáticas de las que se ocupó Arfuch (2002), los egos que ritman el intercambio conversacional sin mirada a cámara con su efecto de transparencia (en el estudio de TV o en las casas de aislamiento de un reality game show (Andacht 2003), los sufrientes que se desdoblan fingiendo, o actualizando en el estudio, sus conflictos personales en los talk- shows (Jost 2003); los polemistas, los argumentadores, los que en su propio nombre y propia carne conmueven, persuaden o seducen; esto es, ese vasto conjunto de personas devenidas personajes, personajes con su encarnadura de personas (Varela 2010).
Intento entonces algunas observaciones de este amplio repertorio.

I. Yo y narración (lo biográfico, lo autobiográfico)
1. El yo narrándose
En la televisión de aire actual, todavía hay espacio para que aparezca esa forma tradicional de la entrevista, marco para el despliegue narrativo de una vida. Alguien célebre (artista, intelectual, político) cuenta su historia a solicitud de las preguntas del entrevistador y así se ofrece como modelo. Acompañada por material de archivo (fotos, videos) y testimonios de otros, que devuelven las imágenes que tienen de él, la palabra del entrevistado recorrerá los motivos de su infancia, herencia familiar, vocación, primera oportunidad, logros, según las convenciones representacionales de una trayectoria (Arfuch 2002). Valen como ejemplos, el programa ¿Qué fue de tu vida? (canal 7) y segmentos de otros, en los que se rinde homenaje a un individuo que se ha destacado.
Ahora bien, en otro tipo de reportajes, el yo que aparece narrándose lo hace convocado en calidad de testigo. Aquí resultan centrales las operaciones de puesta en imágenes que colocarán su cuerpo (vía webcam u otro dispositivo) o su voz (si la comunicación es por T.E.) en conexión con el espacio identificado del suceso, sobre la base de otra tópica, la del atestiguar algo puntual, porque uno lo ha visto, escuchado, percibido; es decir, porque ha formado parte de su experiencia (por ejemplo, las entrevistas en los noticieros a argentinos residentes en Japón durante el último terremoto). En el testimonio, según Fontanille (2004), pesa la emergencia de las impresiones particulares del que testimonia, del que se dice testigo o del que vemos en pantalla recorriendo espacios de lo factual (más aún cuando quedan huellas sobre su cuerpo o entorno). Que sea una perspectiva anclada en un yo refuerza el efecto de autenticidad: es el reino de la ilustración por el caso y la demostración a través del ejemplo. Cuando el que testimonia es el periodista en terreno, se crea una cuota adicional de autentificación a través de otras modalidades del yo (argumentador, seductor).
2. Una propia historia para exhibir
Pero más allá de este tipo de yo con fuerte consistencia narrativa (experiencia y puesta en discurso de la temporalidad de toda una vida o de un momento crucial) la televisión ha hecho crecer una variedad de formatos en los que el yo narrativo está capturado por la dimensión del hacerse ver, tener una historia para exhibir. Es lo que puede aparecer en algunos programas de concursos o en la última versión de Gran Hermano y sus satélites, en los cuales se debate y repregunta a cada uno de los participantes sobre sus acciones dentro de la casa: aquí los atributos de un carácter, más que una historia, la que cada uno cuente, valen como cartas de juego. La verdad o el decir verdad de lo que les ha pasado en sus vidas queda relegado a un segundo plano, porque este tipo de narrativa del yo constituye una excusa para la entrada en la visibilidad, según una lógica especulativa o competitiva. Así, las historias que sostienen los participantes de GH (con sus cuotas de exageración, invención, realidad; pero propias, al contarse en primera persona) se diluyen en su objetivo de dar espesor a cada identidad, siendo sólo atributos descriptivos de un tipo, del que cada cual es una muestra. Recuérdese el pobre desarrollo narrativo que Alejandro diera al proceso de reconocimiento de su disforia de género, siendo sólo importante que se conociera, se hiciera visible este problema o la retratificación del ganador en términos de “perfil de jugador”, “mejor jugador”, no importando si había mentido o no metido sobre su infancia y adolescencia.
Otro modo de aparición del yo con una “propia historia para exhibir” corresponde a lo que denominamos en un antiguo trabajo elyo confesional” de los talk-shows (Rocha y Varela 1995) del que quedan pocas manifestaciones actuales en la TV de aire: Los unos y los otros (América); algunos segmentos de Cuestión de peso (canal 13), por ejemplo. Unos anónimos, “iguales a nosotros” confiesan algo reprobable, nos toman de confidentes, confían en el medio para solucionar sus problemas. En situación de confesar algo se ponen a disposición de los otros (antagonista, conductor, especialistas, público), para su aprobación o reprimenda, siguiendo un ideal de liberación por la palabra. No obstante, muchas veces, el retazo de drama personal queda congelado en la mera puesta en escena del conflicto, sin espacio para ninguna resolución narrativa transformadora (“mi mujer me engaña con mi mejor amigo”), simple oportunidad para que se intercambien insultos, reproches, exclamaciones varias entre los antagonistas y los demás participantes de la emisión.

II. El yo más allá del relato de sí: interacción y contacto

Estos últimos casos comentados responden a la noción de feintise o discurso de fingimiento que trabaja Jost (1997), quien la retoma de  Hamburger (1957) y Genette (1993). Señala que son esos relatos anclados en Yo-orígenes reales en los que parece indecidible definir si sus aserciones son fingidas (ficcionales) o remiten al universo de lo factual, implicando la construcción de un mundo probable. El efecto de realidad que producen no viene dado por el parecido con el mundo, sino por la convicción de que ese discurso es proferido por alguien que pertenece a nuestro mundo.
Ahora bien, los programas no siempre privilegian el desarrollo de secuencias narrativas; las emisiones pueden organizarse combinando otras (dialogal, argumentativa, poética, explicativa, prescriptiva, descriptiva) (Nel 1997), que constituyen así el marco para las evoluciones frente a cámara de diversos yo: seductor, polemista, argumentador.
Tenemos por ejemplo el yo que se juega en los textos plurigestionados de los debates y las conversaciones mediatizadas. Muchos formatos televisivos cuentan con un panel de periodistas, staff fijo de columnistas y conductores, puestas en escena de livings en donde se desarrollan diálogos animados. Más allá del rol moderador del conductor o conductora, estas escenas de interacción suelen estribar hacia formas con intervenciones que se solapan, en donde hay reinicios, preguntas sin respuestas, anacolutos. En el ámbito de la conversación mediatizada (programas periodísticos de distinto tipo -chimentos, magazines, metatelevisivos, políticos-, variedades), los géneros primarios (saludo, piropo, anécdota, chiste, insulto, broma) campean en la configuración de cada identidad personal, quedando la narrativa del sí deshilachada, constreñida sólo a anécdotas puntuales, celebradas por los demás con risas y alabanzas; conversación sin relato de sí, anclaje machacón de cómo se es y cómo es el otro: divertido, pirata, sincero, celoso, torpe, sexual, etc., (Animales sueltos, América). Se genera una frecuente oscilación interpretativa: ¿es o se hace?; ¿de mentira o de verdad?, porque además, aquellas interacciones que siguen un guión ficcionalizante, se inclinan hacia modulaciones de lo realista, que apuestan al efecto de transparencia. 
“La identidad narrativa no agota la ipseidad del sujeto”, señala Paul Ricoeur (2006b).  El sí como otro en la interacción y el dispositivo del contacto (a través de la mirada a cámara y la mediatización de cuerpos significantes) generan procesos de identificación por analogía y por vínculos indiciales páticos, emotivos. Son esos yo en tanto “carne afectada por las emociones”, yo encarnados, persuadiendo, agradando, conmoviendo, seduciendo.
¿Sinceros, auténticos, fingidos? Casos híbridos entre lo no ficcional y lo ficcional, entre la representación y la presentación, lo cual permite caracterizarlos como personas-personajes; personajes-personas. La  TV presenta de ellos un sistema cada vez más numeroso, que reúne conductores y periodistas conocidos, con trayectoria (“figuras”) y los nuevos “mediáticos”. Esos yo serán el resultado de la combinatoria de caracteres factuales (que pueden comprobarse por otros medios) y ficcionales (según distintas modalidades de figuración realista de larga data) (Varela 2010).
Despliegue de tonos, palabras, gestos, miradas, movimientos, distancias intercorporales, que aparecen consistentes en la medida en que muestran su propia eficacia de atracción y encanto; pura ostensión y presencia autorealizante del sí.


Referencias
Andacht, F. (2003) El reality- show: una perspectiva analítica de la televisión. Buenos Aires, Norma.
Arfuch, L. (2002) El espacio biográfico. Dilemas de la subjetividad contemporánea. Buenos Aires, FCE.
Eco, U. (1987) “TV: La transparencia perdida”, en La estrategia de la ilusión. Buenos Aires, Lumen.
Fontanille, J. (2004) Soma et séma. Figures du corps. Paris, Maisonneuve & Larose.
Genette, G. (1993) Ficción y dicción. Barcelona, Lumen.
Hamburger, K. (1995 [1957]) La lógica de la literatura. Madrid, Visor.
Jost, F. (1997) “El simulacro del mundo” en: Versión, N° 7, octubre. México, U.N.A.M.
Jost, F. (2003) “La cotidianeidad como modelo de la realidad televisiva” en Figuraciones Nº 1/ 2 Memoria del arte/ Memoria de los medios, diciembre. Buenos Aires, IUNA Crítica de Artes. Disponible en URL: http://www.revistafiguraciones. com.ar/numeroactual/articulo.php?ida=34&idn=1&arch=1#texto
Nel, N. (1997) «Généricité, séquentialité, esthétique télévisuelles» en Réseaux N° 81 Paris, CENT.
Ricouer, P.  (2006a) Sí mismo como otro. México, Sigo XXI.
Ricouer, P.  (2006b) Tiempo y narración III. El tiempo narrado. México, Siglo XXI.
Rocha, A. y Varela, G. (1995) “La intimidad como espectáculo: la confesión como procedimiento discursivo recurrente en los programas de la TV argentina." Trabajo presentado en el IV Congreso Nacional de Semiótica. Córdoba, septiembre de 1995.
Varela, G. (2010) “Modos representacionales en la no ficción televisiva”. Trabajo presentado en el VIII Congreso Nacional y III Internacional de la Asociación Argentina de Semiótica "Cartografía de investigaciones semióticas" Posadas, Misiones, octubre de 2010 (a publicarse en Actas).



[1] Cf. Ricouer (2006a y 2006b)




 

martes, 22 de octubre de 2013

Fontanille, Jacques (2004), “IV. Cuando el cuerpo testimonia: aproximación semiótica al reportaje” en: Soma et Séma. Figures du corps. Paris, Maisonneuve & Lorose.


Introducción: el testimonio
Si un cuerpo es susceptible de conservar, a título de memoria figurativa, las marcas y huellas de sus interacciones sensoriales con otros cuerpos, entonces podemos formular la hipótesis de que un sujeto de enunciación, que sería también un cuerpo, es susceptible de testimoniar sus experiencias.
Entendemos aquí “testimoniar” en todas sus acepciones, en las que resulta sencillo demostrar que se apoyan en una configuración estable: se trata, grosso modo, de poder atestiguar un hecho, porque uno lo “ha visto, escuchado, percibido”, dice el Petit Robert, o, especialmente en el dominio religioso, manifestar y expresar públicamente una creencia o una pertenencia.
Si se examinan las acepciones del sustantivo “testigo”, se constata que varían según el mismo principio: es un “testigo” aquél que puede enunciar la verdad porque la ha visto, escuchado o percibido, o aquél que expresa públicamente por sus actos una creencia o una pertenencia, o tal vez, más simplemente, aquél que asiste a los hechos. Pero el “testigo”[1] puede ser también inanimado, y es entonces un objeto que sirve de referencia, que atestigua el estado originario de un sistema o de una situación, que vale en suma, como certificación de una determinada verdad.
Esta última acepción es particularmente reveladora, en especial a través de los ejemplos que nos proporciona la vida cotidiana. En una carrera de relevos, los atletas deben pasarse un palo o bastón, el “testigo”, porque ésa es la sola manera de garantizar la firmeza, la precisión y el lugar (sobre la pista) del contacto entre esos dos cuerpos en movimiento, y sobre todo, la única manera de poder verificar visualmente que el contacto ha tenido lugar, dado que la rapidez del movimiento obstaculiza una tal verificación directa. En otro dominio, dentro de las tradiciones de la propiedad campesina, se coloca bajo los mojones indicadores del límite de las parcelas, pedazos de teja o ladrillo, que quedan como “testigos” del emplazamiento del mojón, en el caso de que éste fuera desplazado: se trata siempre de conservar la huella de un hecho, de modo de poder, en un acto de verificación, volver al principio; en el segundo caso, el “testigo” es el equivalente de la marca del mojón sobre la tierra.
No obstante, en los dos casos, se trata siempre de la prolongación de un cuerpo y de una prótesis perceptiva: no podemos ver dónde, cuándo y cómo las manos de los atletas se tocan, pero podemos ver si el bastón se cayó o si se transmitió hasta el final; no podemos ver si el mojón fue desplazado, pero podemos escarbar la tierra para encontrar el “testigo”.
Podemos distinguir así, en el testimonio, tres tipos de operaciones, ligadas por presuposición:
1) La enunciación verdadera y legitimada por un contacto sensorial con el hecho.
2) El “cuerpo- testigo” y sus huellas o prótesis, eventualmente disociadas bajo la forma de marcas distintintivas o de objetos directamente perceptibles y verificables.
3) La inscripción corporal de un contacto sensible original.
El testimonio implica así un origen, devenido inaccesible a la percepción directa, en el que no se puede atestiguar y recobrar su huella más que sobre los cuerpos. En el caso en el que el cuerpo-testigo no es el cuerpo sensible original, no puede haber testimonio si no se puede garantizar un relevo continuo de contacto entre ese cuerpo del principio y los cuerpos intermediarios, gracias a las huellas dejadas por los sucesivos contactos. En otros términos, el testimonio obedece a la misma cadena continua de enunciaciones que la tradición, si se admite que cada una de las inscripciones de las huellas sucesivas es una “enunciación” de los cuerpos en cuestión. No hay, pues, testimonio posible, más que dentro de los límites de la “memoria figurativa” de los cuerpos.

 

El caso del reportaje

El reportaje se sostiene en un dispositivo de este tipo, en la medida en que la legitimidad y la credibilidad de su enunciación dependen de la percepción directa y de la presencia física del reportero en los lugares mismos del acontecimiento. El estudio que sigue tiene por objeto verificar esta hipótesis y mostrar las consecuencias sobre la organización discursiva, especialmente en el caso en donde los relevos son necesarios.

 

Enunciación y forma narrativa

Podemos, para comenzar, referirnos a una tipología establecida en los años ’80 para criticarla y adaptarla a los propósitos de hoy.[2] Esta tipología se apoyaba en la declinación de cuatro tipos de observadores: el focalizador, puro actante que permite orientar el discurso narrativo; el espectador, obtenido a partir del precedente por un desembrague[3] espacio-temporal (las coordenadas espacio-temporales del espectador coinciden con las del hecho narrado); el asistente, obtenido a partir del precedente, gracias a un desembrague actorial (el actor observador juega entonces un rol dentro del acontecimiento); etc.
A cada tipo de observador le corresponde un tipo de actividad narrativa: la del narrador propiamente dicho le corresponde el rol de focalizador; la del relator,[4] le corresponde el del espectador, y la del testigo, le corresponde el del asistente, etc. Añadíamos entonces que desde la posición "espectador", el observador había sido dotado de un cuerpo virtual, atributo o accesorio secundario, que no tenía ninguna incidencia concreta en el análisis. Hoy vemos bien que este observador desencarnado, hasta dotado de un cuerpo virtual, encontraría difícilmente un empleo como reportero. Porque el sujeto de enunciación del reportaje tiene un cuerpo, una carne sensible: él ha estado allí, en carne y hueso, él ha visto, escuchado y sentido, y está por este hecho, calificado para enunciar.
Además, ya que nos apoyamos en la hipótesis general de que todo actante estabilizado en un discurso es un cuerpo (más bien que tiene un cuerpo), tanto como una clase de argumentos de predicados, hay que revisar la tipología explotando toda la gama de los modos de existencia, en el sentido siguiente: el focalizador es un cuerpo-observador virtual y susceptible de ser actualizado en el encuentro de un actor; el espectador es un cuerpo-observador potencial, cuya posición orienta el discurso y es a cada momento susceptible de realizarse en los acontecimientos cognitivos, pasionales y pragmáticos de la enunciación; el asistente es por fin un cuerpo-observador realizado y directamente perceptible como figura. En este sentido, el reportero es pues un asistente.
Recordemos también que, desde la perspectiva de una semiótica del texto y del discurso, el cuerpo es en principio un lugar de significación y de una significación que toma forma a partir de las sensaciones e impresiones que ese cuerpo experimenta en contacto con el mundo. Si el cuerpo interesa al semiólogo es porque puede librar las llaves (1) de la intencionalidad (el primer vector del sentido), (2) de la semiosis (la forma icónica o indicial de la significación ligada a las sensaciones) y (3) de la figurativización (la organización de las figuras del discurso).
Los dos modos semióticos principales de la inscripción corporal en la semiosis, la “envoltura” y el “movimiento”, son dos figuras que expresan las dos grandes modalidades de la sinestesia, y de la “colaboración” entre las sensaciones; esta última es considerada, como ya lo hemos explicado, la condición mínima para que la sensación acceda a la significación.
La envoltura es la figura de la cenestesia, esto es, una red de sensaciones puestas en común y conectadas entre sí en todos los sentidos; el movimiento es la figura de la kinestesia, esto es, un manojo de sensaciones reunidas alrededor de una sola kines, es decir, a partir del movimiento que ellas suscitan simultáneamente, o que las dirige a todas a la vez.
La envoltura es la figura de un cuerpo “todo percibiente” y cuya constitución cenestésica testimonia un anclaje deícitico (espacio-temporal) en relación con las figuras que recoge: el cuerpo “todo percibiente”  es pues, al mismo tiempo, una referencia espacio-temporal para el discurso. El movimiento es la figura de un cuerpo “explorador” que se adentra en el mundo mientras se abre a él, y cuya constitución kinestésica testimonia la existencia dinámica de la figuras que encuentra en su recorrido: esta existencia, más o menos sensible, se mide por el esfuerzo y por el afecto experimentados, en la experiencia concreta de los obstáculos y los lugares críticos, y por la resistencia de las materias y los lugares recorridos.
De un lado, una referencia deíctica y organizadora, alrededor de la cual se dibuja una envoltura cenestésica; de otro, un recorrido a través de las materias y de los lugares resistentes, fuentes de afectos y esfuerzos.

Estética y racionalidades discursivas
Una de las consecuencias de este anclaje corporal de la enunciación del reportaje es que esta última está permanentemente abierta a la estesis. Resulta que, en el discurso del reportaje, la manifestación de las estesis contribuye al testimonio: ella expresa en efecto el momento de “marcación” corporal, los acontecimientos del contacto sensorial que marcan al cuerpo-testigo. Pero este funcionamiento particular no impide explotar al discurso del reportaje todas las potencialidades de la estesis, especialmente bajo la forma de una verdadera dimensión estética.
Una tradición muy arraigada en semiótica y lingüística y que ha sido largamente probada, tanto en lo que concierne a su rentabilidad descriptiva como en lo que concierne a sus límites de validez, consiste en abordar la dimensión estética no a partir de su “esencia” postulada a priori, sino a partir de los funcionamientos semio-lingüísticos que fija como dominantes: para Jakobson, es la función poética del lenguaje (la proyección del eje paradigmático sobre el eje sintagmático); para Lotman, es el sistema modelizante secundario (un segundo nivel de organización en donde se entrecruzan las elecciones y las estructuras con valor “connotativo”); para Géninasca[5], es el pasaje de la racionalidad práctica y de un modo discursivo “inferencial” y “referencial” a una racionalidad “mítica” y un modo discursivo “analógico” y reticular; es decir, de hecho, una tensión entre dos regímenes de enunciación.
En todos los casos de figura, la dimensión estética emerge de un segundo nivel de análisis, de un modo de organización diferente y sin embargo compatible con el primero: la función poética, el sistema modelizante secundario o la racionalidad mítica no reniegan de la función referencial, el sistema modelizante primario o la racionalidad práctica, pero hacen cambiar los elementos y las figuras a otro modo de funcionamiento. Examinar el rol del cuerpo en el reportaje es por lo tanto preguntarse también sobre cuáles son las propiedades de esta “dimensión segunda”, cómo se accede a ella, y qué rol juega allí el cuerpo.
Podemos apoyarnos para desarrollar esta hipótesis, en la distinción propuesta por Géninasca entre estos dos tipos de racionalidades discursivas, adecuándola a nuestro propósito.
La racionalidad práctica se apoya sobre relaciones inferenciales y saberes compartidos y organizados en “enciclopedia”, que permiten remitir unilateralmente, en cada nueva figura encontrada, a otra figura, perteneciente en general al mundo natural, esto es, al referente. La racionalidad práctica, pues, opera con un sistema de referencia por contigüidad, de relaciones indexicales, indiciales o metonímicas. Ésta sería, en suma, la racionalidad de base del reportaje, en la medida en que nos proporciona una representación inteligible, referencial y verosímil del acontecimiento.
La racionalidad llamada “mítica” se apoya en relaciones de analogía a distancia, sobre saberes y creencias en formación, sobre una vasta red de equivalencias y relaciones icónicas y simbólicas, que pronto adquiere su autonomía y forma un “conjunto significante”, susceptible de suscitar sus propios valores, inventar su propio horizonte de referencia y hacernos inteligible lo que no ocurrió todavía. Este régimen de enunciación favorece las interconexiones entre isotopías y da al discurso la profundidad semántica necesaria para efectos poéticos, retóricos o simbólicos. Esta sería la racionalidad segunda del reportaje, por derivación de las marcas estésicas del cuerpo-testigo.

El corpus
El corpus se compone de tres artículos representativos de la sección “Enquêtes et reportages” del Courrier International.
El primero, extraído del número 429 (semana del 21 al 27 de enero de 1999, p. 39) se titula “Dublín, la Ibiza de Europa del Norte” (publicado inicialmente en The observer, Londres, firmado por Henry Mac Donald: 3 columnas y un mapa del centro de Dublín, que permite situar el barrio Temple Bar). Este artículo, subtitulado “Reportaje”, describe la invasión por juerguistas ingleses, cada fin de semana, del centro cultural e intelectual de Dublín, y presenta los dos puntos de vista: el de los clientes de las discotecas y los “espacios para emborracharse”, y el de los habitantes y sus voceros.
El segundo, extraído del número 438 (semana del 25 al 31 de marzo de 1999, pp. 52-53) se titula “Abjasia, el país adonde jamás se llega” (publicado inicialmente en Cumhuriyet, Estambul, firmado por Nür Dolay: 7 columnas, 3 fotos, y un mapa del país y de la región, que comprende Georgia, Rusia y Turquía). Este artículo, subtitulado “Cuaderno de viaje”, presenta las causas históricas, el proceso y las consecuencias del bloqueo impuesto por Rusia, y contempla la posible extinción del pueblo, la cultura y la lengua abjasianos.
El tercero, extraído del número 447 (semana del 27 de mayo al 2 de junio de 1999, pp. 44-45) se titula “Subsistencia cotidiana en el gran Buenos Aires” (publicado inicialmente en La Nación, Buenos Aires, firmado por Santiago O`Donnel: 6 columna, 1 foto, el mapa del distrito de Buenos Aires). Este artículo, subtitulado “Argentina” da la palabra a muchas mujeres y a un hombre y describe sus condiciones de vida, así como la de sus familias y la acción a favor de su barrio.

Tres reportajes al compás del cuerpo

Recorrido textual y “cuerpo a cuerpo”: percepción de lo específico y “firma” sensorial
El principio organizador de los tres reportajes examinados parece ser en apariencia el mismo, hasta el punto de confundirse, en cualquier artículo de prensa: la sucesión de los temas se acompaña con una variedad de tipos textuales y se alternan en forma paralela las declaraciones recogidas, los comentarios más generales, las retrospectivas históricas o explicativas; las secuencias equilibran la representación de los puntos de vista, según el esquema clásico de “tesis/ antítesis” o acumulan pruebas de una hipótesis general.
Pero la diferencia se sostiene en principio en la motivación de esta organización argumentativa: el recorrido de un cuerpo que atraviesa un espacio obedeciendo las limitaciones impuestas a cualquier cuerpo: estar situado en alguna parte y en algún momento, ocupar una porción definida de la extensión, oponer una resistencia a las presiones y fuerzas exteriores. El reportaje se despliega a la altura de un hombre (o de una mujer) y sigue las etapas canónicas impuestas a un cuerpo viajero.
Por ejemplo, en Abjasia, cruzamos primero una frontera (aunque llegamos en barco, por el Mar Negro) pasamos por la costa (la “Riviera” abjasiana), luego arribamos al puerto principal, para continuar el paseo por la orilla del mar, en donde observamos un barco de pesca, antes de volver a partir a través del mar. En el suburbio de Buenos Aires, vamos por una vereda, entramos en las casas; caminamos de nuevo, entramos en otras casas, volvemos a encontrarnos sobre la vereda, etc. En Dublín, finalmente, pasamos la noche de un viernes de noviembre, desde las 23 horas a la 1, en el centro de Dublín, deambulando y observando a los juerguistas y a los habitantes.
El cuerpo en movimiento se caracteriza entre otros, digamos, por su apertura al mundo, es decir, concretamente por la mayor disponibilidad sensorial; en el caso del reportero, esta disponibilidad es en efecto selectiva, pero ella hace de su cuerpo una verdadera máquina que registra. Así, en Dublín, la alternancia entre el punto de vista de los habitantes irlandeses y el de los juerguistas ingleses está apoyada sobre la disponibilidad auditiva del cuerpo en movimiento: ellos son “escuchados” y citados in extenso cada cual a su turno, en función del recorrido por la ciudad. La disponibilidad sensorial “naturaliza” los encadenamientos argumentativos.
El movimiento del cuerpo motiva el recorrido discursivo: podemos decir entonces que entra en una relación icónica con la estructura argumentativa de la dispositio. Esta es la primera equivalencia que encontramos.
Pero el cuerpo trae consigo sus propias limitaciones, y su peso de carne, que lo obliga a ocupar alguna parte del espacio atravesado, una cierta porción de la extensión, es el que hace nacer las ocasiones: los encuentros con los habitantes, los visitantes, los diversos personajes cuya presencia no está referida o buscada particularmente, pero que aparece, por este mismo hecho, indisociable del lugar. Un cuerpo sin intencionalidad particular encuentra otros cuerpos que emanan del lugar mismo, como naturalmente. La ocasión es contingente: es en cierto modo el encuentro modalizado por el “no deber-ser”, entre dos cuerpos que, por cierto, están sometidos a una necesidad: ocupar una porción de la extensión, pero cuya posición relativa es un accidente modal.
Estos cuerpos fortuitos, capaces de encontrar otros cuerpos fortuitos, proporcionan el resorte principal de la aventura que aflora siempre más o menos en el relato del reportaje: sin cuerpos, ni por accidente ni de aventura, sin encuentros inopinados, el sujeto narrativo sería un puro actante programado para realizar aquello para lo que está destinado y nada más. Así, en las aceras de Buenos Aires, rozamos el incidente:
Nos reunimos con Gomina y sus amigos, que vagabundeaban por la vereda. Embotamiento en los ojos al rodar de una botella de ginebra Bols. Ellos no quieren a los periodistas y detestan a los fotógrafos. Pero nos quedamos tranquilos porque estábamos acompañados por Doña María.
Este azar de los cuerpos, en cualquier otro tipo textual, habría sido explotado y dramatizado, porque contiene, en un modo potencial, el principio de la peripecia.
Pero, en el reportaje, se contentará con el efecto de autenticidad. En efecto, el encuentro de los cuerpos proporciona una condición modal (la contingencia) para la autentificación de la historia: si los encuentros son contingentes, ellas aparecen entonces como débilmente o en absoluto programadas y organizadas: ellas son pues representativas del lugar y no de los objetivos del reportero, y esto, no sobre el modo “selectivo” del “mejor ejemplar”, sino por eso contingente y ocasional del “detalle específico”: a una verdad “típica” se la sustituye por una verdad “auténtica”, exactamente de la misma manera como en Proust, el defecto ligero que se ve en la cara de la madre es mucho más individualizante y emocionante que la fisonomía del conjunto. El cuerpo del reportaje no va “a lo esencial”, porque, para ser creíble, debe actuar sin prevención, y porque lo “esencial” es una modalidad selectiva y subjetiva; va a “a lo específico”, porque lo específico está dictado por las propiedades y las singularidades del lugar.
En suma, el cuerpo del reportero prueba de forma particular los accidentes y las especificidades sensoriales del lugar: el reportaje no pone de manifiesto una búsqueda necesaria de estructuras profundas, sino una colección más o menos librada al azar de los accidentes figurativos, que constituyen lo que podríamos denominar la “firma” del lugar.
En efecto, la noción misma de “firma” implica un principio de individuación que no descansa ni sobre el valor icónico ni sobre el valor simbólico de los signos: una firma no se pretende que sea legible, menos aún que se parezca a aquél de quien sea, dado que “indica” de manera irrefutable y singular la individualidad de su autor físico. La firma es el índice estable de un gesto, de un cuerpo en movimiento. Es este “índice estable” producido por otro cuerpo (el cuerpo del lugar) el que se imprime sobre la envoltura sensorial del cuerpo-testigo.
Este aspecto de las cosas es por lo menos sorprendente. En efecto, las dimensiones corporales requeridas en este caso son la carne en movimiento y el cuerpo-punto: es durante su desplazamiento que el cuerpo del reportero se abre al barrio, al país, a la atmósfera y al estado de espíritu de sus ocupantes, permanentes o efímeros; el rol canónico de la carne en movimiento, tal como la hemos presentado hasta ahora, es el “registro analógico”, esto es el reconocimiento de todo otro cuerpo gracias a la reproducción por el cuerpo propio de las condiciones sensorio-motrices del estado supuesto del otro cuerpo.
O, en este nivel de análisis, la búsqueda analógica del otro es engañosa: todo lo que el movimiento del cuerpo propio alcanza a identificar es una “firma” que se define justamente por su carácter irreductiblemente singular, incomparable, sin equivalente, cuyo funcionamiento es estrictamente indicial, y que no puede inscribirse más que como huella sobre la envoltura sensorial. El cuerpo del reportero debe en principio hacer la experiencia del exotismo, de la alteridad absoluta. Téngase en cuenta esta inhibición de la función analógica del movimiento, esta incapacidad del cuerpo propio de construir equivalencias, que hace inteligible la experiencia nueva: ella encontrará pronto una salida.
Recapitulemos: en virtud de la carne en movimiento, el cuerpo-testigo motiva los encadenamientos argumentativos, y en virtud de la envoltura autentifica la firma sensorial del lugar recorrido, pero a costa de una inhibición de todo registro analógico.

Una envoltura “omni-perceptiva”: la superficie de inscripción del mundo recorrido
Algunas observaciones parecen anecdóticas, y como dice Barthes, estinadas únicamente, en tanto pequeños detalles inútiles, a reforzar la impresión de realidad. Así, en Dublín:
Son las 23 horas, un viernes de mediados de noviembre; hace un frío que pela.
Pero debemos ir más allá de esta impresión superficial. Antes que nada, la disponibilidad perceptiva del reportero está indisociablemente ligada al poder deíctico de su cuerpo: ver, escuchar, sentir, es siempre ver, escuchar y sentir desde un lugar determinado en un momento determinado, de suerte que toda indicación sensorial proporciona al mismo tiempo coordenadas precisas. Así, en Buenos Aires:
“¡Doña Paula!” Las voces vienen de afuera. Amelia Quiñones y María Chazarreta vinieron a visitarla.
La voz se hace escuchar desde el exterior: el cuerpo las escucha desde el interior de la casa, durante una visita, y la deixis está fijada o confirmada. La deixis, recordémoslo, es una propiedad del cuerpo en tanto cuerpo-punto, que define una posición.
Este poder deíctico que implanta el cuerpo en el lugar y en el momento en el que toma posición para enunciar, lo predispone asimismo a recoger la significación de aquello que percibe.[6] Esto es justamente lo que pasa en Dublín; en efecto, tan pronto como uno de los testigos elegido entre los habitantes dijo:
Al crearse un ambiente ruidoso, se tiene la impresión de que todo está permitido. Cuando usted camina por las calles, no nos sentimos tranquilos,

el reportero agrega:
Yo mismo lo experimenté aquella noche. Los grupos de hombres y de mujeres embriagados (...)
Tenemos aquí el esbozo de una relación semiótica entre una sensación exterior y una impresión interior, reunidas gracias a la percepción, a la vez exterior y significante e interior y significada, de la misma modalidad de comportamientos: “todo está permitido”. El cuerpo, anclado en ese mismo lugar y en “aquella noche” experimenta esta relación semiótica de malestar, generada por el sentimiento de que “todo está permitido”. Pero, en este caso, “experimentar” significa aquí que si el cuerpo está disponible para la sensación es debido a la impresión interior que se hace eco en él y que resulta el “contenido semiótico” de la expresión sensorial. Experimentar el malestar es por tanto aquí, que esté disponible para la inscripción de un significante de malestar y para la “demostración” interior del significado modal correspondiente (“todo está permitido”).
Esta experiencia es en efecto la misma que, para Anzieu,[7] convierte al Yo-piel en una superficie en donde los signos pueden grabarse, en una pantalla en la que los juegos de sombra pueden proyectarse y significar así los estados interiores del sujeto. Esto es, más en general, desde una perspectiva semiótica, lo que hace de “la envoltura” corporal una verdadera “superficie de inscripción”, una interfaz entre los “contenidos” de los sentidos y las “expresiones” cuyas huellas ella recogió.
Hace un momento, la envoltura no inscribía más que una firma, una expresión cuyo contenido no era más que una singularidad sin contenido identificable. Ahora, un contenido (modal y afectivo) toma forma. Pero, al igual que el movimiento no llega a “grabar” la relación analógica que compara el cuerpo propio a otros cuerpos, la inscripción sensorial es aquí efímera, inestable y sin profundidad, porque no obedece a la regla sinestésica fundamental de la envoltura: a saber, la formación de una red, un tejido sensorial inextricable, un entrelazado suficientemente estable como para conservar en profundidad la significación de la experiencia. El reportaje está todavía en “la anécdota”, porque la “inscripción” significante sobre la envoltura sensorial es sin profundidad.
Para superar ese estado, la envoltura del cuerpo-testigo en el reportaje se adjunta ciertas prótesis de registro (la cámara de fotos, el grabador), mientras que el texto literario se pasa de tales prótesis, porque el trenzado sensorial allí accede de inmediato, la mayoría de las veces, al estatuto de gestalt y de  ícono.[8] Nuestro enunciador tropieza siempre con la misma dificultad: la de la conversión icónica (y, aquí, por otra parte, gestáltica) de los acontecimientos y los cuerpos que se encuentran.
El cuerpo-movimiento reúne un manojo estable de experiencias sensoriales diversas alrededor de una misma sensación kinésica, para poder conservar la significación oculta en el instante totalizador de este modo preservado. El cuerpo-envoltura debe reunir y conectar una red continua y solidaria de solicitaciones sensoriales simultáneas para extraer la imagen estable y satisfactoria[9] de un ícono.
El reportaje nos conduce a las puertas de esta iconicidad, pero nos deja en el umbral. El cuerpo es solicitado, puesto en movimiento, conmovido, turbado, pero estas impresiones no sirven más que para motivar y autentificar un recorrido discursivo reglado por otras exigencias, especialmente las del género. Se trata de pasar de un registro “inferencial” y “referencial” a un registro “analógico” y “simbólico”, las dos figuras semióticas del cuerpo serían susceptibles de proporcionarnos la clave de este pasaje, pero ellas se agotan antes de alcanzar el puerto; tenemos pues los operadores –el cuerpo-movimiento y el cuerpo envoltura respectivamente: el cuerpo en tanto que operador analógico y el cuerpo en tanto que superficie de inscripción simbólica-; resta comprender cómo puede construirse y estabilizarse, establecerse la “memoria estésica”.

Historias, creencias, prótesis discursivas y experiencia compartida
La proporción analógica
Una de las grandes figuras de la “investigación histórica”, por lo menos tal como la concebía Heródoto, reaparece aquí curiosamente: se trata de la evocación analógica, construida al modo de una proporción aristotélica. El reportaje consagrado a las noches tumultuosas del centro de Dublín comienza así:
Imaginad que la Rive Gauche en París, corazón de la vida artística y cultural francesa fuera invadida por los habitués de las boîtes nocturnas. Pensad en la reacción de los intelectualoides parisienses si un batallón de noctámbulos salidos directamente del Club 18-30 invadieran los bistrós y los cafés en donde Sartre y sus camaradas discutían filosofía. Pues bien, para las personas que residen o trabajan en el barrio más moderno de Dublín, esta pesadilla deviene realidad todos los fines de semana.
Por supuesto, esta transformación de pesadilla de la Rive Gauche no es aquí más que una hipótesis, pero esta hipótesis consiste en tomar como referencia una situación típica, bien conocida, y así resulta más fácil imaginar la que constituye el propósito del reportaje. En resumen, como si dudara poder compartir con sus lectores la experiencia física y concreta que va a relatar, el enunciador les solicita el recuerdo de otra experiencia, que el enunciatario es susceptible de poder convocar muy fácilmente. Recordemos por otra parte que el título del artículo explota una analogía del mismo tipo: “Dublín, la Ibiza del norte”, lo que tiende a probar que la operación, ya que es recurrente, puede ser un procedimiento retórico.
La obra de Heródoto ha sido evocada y esto merece una explicación. El título elegido por el historiador griego, Historias, a veces traducido como La investigación, es ya en sí, revelador: desde un punto de vista filológico, la base isto que significa tanto “ver” como “saber”, sirve para la construcción de istor/ histor: “aquel que sabe por haber visto” por ejemplo, el testigo ocular de un acto jurídico.[10]
El régimen enunciativo de la historia o investigación supone por lo tanto que el sujeto de la enunciación basa la veracidad de un hecho sobre su propia visión: yo lo he visto, entonces es verdadero: es el “yo” de la “autopsia”. El régimen de creencia buscado es, para el historiador antiguo, el de la evidencia, y bajo este régimen fiduciario, la palabra de los otros no inspira ninguna confianza y no suscita ningún compromiso contractactual: de ahí que el historiador deba asegurarse que para su lector, lo que él evoca presente también un carácter de evidencia y corresponda a una experiencia corporal: ¿cómo hacerlo, si se supone que el lector no ha presenciado los acontecimientos?
El historiador debe adoptar estrategias de compensación que Fr. Hartog ha puesto particularmente de relieve en Le Miroir d’Hérodote.[11] La estrategia adoptada más frecuentemente, según Hartog, es la de la analogía y el paralelismo:
Poner una cosa delante de los ojos, es decir, pero más precisamente, poniendo otra cosa. (…) La figura del relato paralelo es una ficción que le hace ver como si usted estuviera allí, pero dándole a ver otra cosa.”[12]
Por ejemplo, al evocar la posición de Táuride en relación a Ática, Heródoto propone compararla con la de otro país:
Para el que no bordeó esta región del Ática, lo mostraré de otro modo: es como si en lapygie (Apuleyo), otro pueblo de los iapyges ocupara por sí mismo, separadamente, la parte del país que sale desde el puerto de Brentesion (Brindisi) hasta Tarento.[13]
La forma de la analogía está conforme perfectamente con el principio de la proporción aristotélica: en Ática, Táuride es a Escitia lo que en Apuleyo el territorio de los iapyges es a aquel otro pueblo (en el talón de la bota italiana). Es decir, de modo más general: a R b = x R y.
Como la relación entre a y b es visible revela la evidencia, y la equivalencia establecida, a través de la relación entre x e y, -que por sí sola no podría levantar más que confianza (el otro régimen fiduciario)-, proyecta un factor de evidencia sobre el nuevo país evocado.
Esta proporción está en la base de la teoría de todas las analogías discursivas en Aristóteles. Pero lo que la práctica de Heródoto saca a la luz es que funciona como una especie de “convertidor de creencias”. En efecto, la primera relación (a/b) depende del régimen de evidencia sensible, de la inscripción sensorial sobre un cuerpo- testigo, y la otra (x/y) del régimen de la confianza y el de la asunción de una enunciación. La distinción entre estos dos regímenes de creencia se basa, en el interior de la relación enunciativa, entre la relación intersubjetiva (la confianza del S1 para el S2) y la relación de objeto (la evidencia de O para el S1).
En resumen, para fortalecer la creencia en aquello que va a ser contado sobre el centro de Dublín, es necesario referirse a aquello que se puede ver, sentir e imaginar a propósito de la Rive Gauche en París. La confianza que puede inspirar el enunciador debe estar completada por la evidencia que puede suscitar el objeto de su discurso. Entre el acontecimiento y su enunciación, es necesario pues introducir un cuerpo-testigo de relevo, pero el relevo aquí no puede ser más que analógico.
Otro ejemplo aportado por Heródoto va en la misma dirección:
El Istros, que fluye a través de países habitados es conocido por muchas personas, mientras que nadie es capaz de hablar de las fuentes del Nilo, porque Libia, por la que atraviesa, está deshabitada y desierta.[14]
Para el Nilo, cuyas fuentes no son visibles, tenemos que creer sin ver; pero la analogía con el Istros, cuyo curso entero es conocido y visible, permite recurrir a la evidencia, allí en donde no se podría solicitar normalmente más que la confianza del lector. Esta operación es de cualquier modo realizada bajo la forma de una figura de analogía.[15]
Precisemos la estrategia ahora: la experiencia sensible del enunciador no es suficiente y el hecho de que su cuerpo “haya visto, escuchado, sentido y que él haya estado allí” no compromete más que una parte de la creencia del enunciatario, su confianza, pues su cuerpo no puede testimoniar, puesto que no ha conservado ninguna huella; hay que proporcionar al enunciatario los medios de acceder a la evidencia, experimentar la ”memoria estésica” que hace de relevo y, para ella, es necesario solicitar su propia experiencia sensorial. La “cadena continua de contactos y de huellas”, que suponemos característica del testimonio, trae aquí una realización que comporta dos hechos nuevos: 1) la relación entre el enunciador y el enunciatario participa de esta cadena continua, de la que ella es uno de los momentos obligados: a cada etapa de la cadena, un enunciatario, en efecto, recibe el relevo (el cuerpo-testigo) de un enunciador; y 2) ella admite un salto analógico entre dos huellas.
La experiencia sensible y la actividad corporal del enunciador motiva el desarrollo del reportaje y autentifica la enunciación; pero es necesario otro procedimiento para activar la experiencia sensible del enunciatario, y si es posible, el recuerdo y la imagen esquemática de una actividad corporal asociada.
La proporción analógica, en tanto “convertidor de creencias” es pues una prótesis cognitiva y veredictoria, como el testigo que se pasan los atletas,[16] pero una prótesis que permite acercar los dos cuerpos comprometidos en la enunciación, el del Ego y el del lector, y hacerlos compartir la misma experiencia. En este caso, este proceder revela la naturaleza de la “huella sensorial”  sobre los cuerpos: es el esquema de experiencia, esa estructura puramente relacional (por ejemplo, las relaciones entre dos sub-espacios, uno central y otro periférico, en lugares y épocas diferentes), e independientemente de las identidades figurativas (Ática y la Iapygie, el Istros y el Nilo). Es decir, la huella es figural y no figurativa.
Por otro lado, como el cuerpo-testigo no hace relevo aquí más que por analogía, esta prótesis sería  justamente la misma que, en términos de Husserl, permitiría el registro analogizante, registro que había sido inhibido en el principio de nuestra investigación.[17] La “prótesis veredictoria” suspende por consiguiente la inhibición de la analogía, al mismo tiempo que instaura un régimen de creencia complejo y una verdadera intersubjetividad. Pero este tipo de construcción no está exclusivamente reservado en el reportaje a asegurar la comunión de creencias entre enunciador y enunciatario. En el reportaje consagrado a Abjasia, parece ser de otro ámbito.


La cadena de la vida en tanto que memoria 
En efecto, el artículo no comienza con la evocación de la suerte de los abajasianos, sino por la de los oubikhs, un pueblo cuyo país está al lado del de los abjasianos:
La vieja mujer mira el mar. Allá, sobre la ribera norte del mar Negro, está Sotchi, una villa de su pueblo, los oubikhs, un pueblo del que ella es una de las raras sobrevivientes.
Esta evocación se completa con algunas consideraciones sobre la extinción de este pueblo, su cultura y lengua[18]; una columna entera está dedicada a esta evocación y continúa luego así:
Hoy, otro pueblo -y otra lengua- se enfrenta al mismo peligro de extinción total: los abjasianos, cuyos ancestros son los que más tiempo han resistido a las armas rusas en el Cáucaso.
Un lector occidental tiene dificultad de imaginar que la analogía está aquí con el propósito de referir un hecho desconocido (la historia de los abjasianos) a través de un hecho mejor conocido (¡la historia de los oubikhs!) Sin embargo, hay que cuidarse de las diferencias culturales: en el país en donde se publicó este artículo, Turquía, la historia de los oubikhs es un hecho de experiencia concreta, ya que es en Turquía en donde los sobrevivientes se refugiaron e instalaron; es también en Turquía, tierra de éxodo, en donde esta cultura y esta lengua están poco a poco extinguiéndose. Podemos entonces concluir que se trata aquí de la misma estrategia usada a propósito de Dublín: usted todavía no puede representarse la suerte de la abjasianos, porque ellos están al principio de un proceso de extinción programado por los rusos y los georgianos, pero usted puede convencerse recordando algunos oubikhs que ha encontrado al norte de Turquía.
Pero la figura termina muy de otro modo. Recordemos en primer lugar que la evocación  inicial de los oubikhs está anclada en la mirada de una anciana, cuyas palabras desilusionadas se citan, y que el enunciador se supone la ha encontrado personalmente, como todo otro testimonio directo, al momento de partir para Abjasia. He aquí el punto de llegada de esta figura, en las últimas líneas del artículo:
Desde que el barco sale de Sotchi, sé que una anciana espera del otro lado, escrutando las olas del mar Negro. Habría querido decirle que vi su país aunque los suyos ya no estén allí, y que ese país es verdaderamente bello. Sólo que ella no me reconocerá más. Con 95 años, mi abuela vive ahora en la profundidad de recuerdos muy antiguos…
La revelación final pone en juego una lectura retrospectiva, apoyada en esta expresión deíctica, mi abuela. Esta lectura retrospectiva va a permitir sustituir a las inferencias con valor informativo y referencial todo un sistema de equivalencias: la mirada del periodista se prolonga en la de la anciana, como su memoria, tanto en el tiempo como en el espacio; al mismo tiempo que, aún cuando contempla el presente, el mismo periodista se sumerge en su propio pasado y el de sus ancestros.
La mirada de la anciana no era una mirada posada sobre el mundo actual, sino sobre la profundidad de recuerdos muy antiguos. En otras palabras, ese cuerpo que mira la profundidad del pasado es la fuente biológica del cuerpo que ha partido a visitar Abjasia. A través de un giro sorprendente, la analogía es a la vez desplazada e invertida: de la relación entre los oubikhs y los abjasianos a la relación entre el cuerpo del recuerdo y el cuerpo del reportaje, el cuerpo “todo percibiente” del reportaje está en la Abjasia actual, mientras que el cuerpo del testigo añoso, la anciana, está en la profundidad histórica; pero esta vez, es la Abjasia actual la que permite al enunciador comprender la revolución oubikhi y acceder, vía el cuerpo de su abuela, a la experiencia original.
Por el sólo efecto de este deíctico retrasado casi hacia el final y gracias a una revelación que se parece bastante a las de las ficciones “de misterio”, la verdadera identidad del sujeto de la enunciación, que parece no tener ninguna importancia para la significación del relato, deviene al contrario la apuesta misma del dispositivo textual de la enunciación.
Esta vez, la prótesis analógica, si prótesis hay, está compartida por los dos participantes de la enunciación: por un lado, el lector turco necesita de esta analogía para comprender lo que les va a ocurrir a los abjasianos, a partir de su propia experiencia del éxodo de los oubikhs, y por el otro, el enunciador la necesita también para acceder, a través de su reportaje, a la profundidad de su propio pasado cultural y étnico y en consecuencia, a las fuentes mismas de su identidad.
La investigación sobre terreno se ha vuelto entonces una cuestión de identidad, conversión típica de la tensión entre la “racionalidad práctica” y la “racionalidad simbólica”.
Esta mutación se conforma perfectamente al modelo teórico del testimonio, ya que satura todos los relevos posibles entre el lector y el reportero, la analogía ha hecho su obra y asegura entre los dos cuerpos, entre la memoria de uno (la extinción de los oubikhs) y la percepción del otro (la extinción de los abjasianos), la comunión de una misma experiencia; entre el reportero y su propio pasado, la saturación de los relevos-testigos permite pasar sin discontinuidad de los oubikhs (experiencia de los ancestros, memoria de la abuela, filiación del nieto periodista) a los abjasianos actuales. La superposición de sus dos miradas, la de la abuela hacia la profundidad del pasado y la del nieto volcada hacia la percepción del presente, remata el proceso de saturación.
Esta es la razón por lo cual la evocación de los abjasianos es un testimonio y no solamente un relato de viaje y el enunciador, un testigo legítimo.      

Conclusión
Como no todos los reportajes van tan lejos como el consagrado a Abjasia, con la puesta en escena de una enunciación simbólica, identitaria y mítica y con la puesta en juego de una profundidad retórica, sería conveniente dedicarse a aquello que hace al lote común: el rol del cuerpo del enunciador en la motivación y la autentificación, y las prótesis analógicas en la participación del cuerpo del enunciatario. ¿Cuál es exactamente el lugar de estas operaciones y de estos roles del cuerpo en la conversión de una racionalidad a la otra?
Podemos, para responder a esta pregunta, razonar en primer lugar deductivamente: entre la racionalidad práctica (inferencial, indicial, referencial) y la racionalidad simbólica (analógica, reticular) se debe suponer una etapa intermediaria, que suspende la referencia y las inferencias y que prepara la semiosis icónica:[19] el registro impresivo sería el que jugaría este rol, en la medida en que, en una percepción, hace corresponder, no una figura del mundo, sino un estado interior del sujeto y una reacción tímica y somática; por lo tanto, es esta “impresión semántica” la que deviene el patrón de todas las equivalencias por venir. Como lo hemos mostrado, el contenido de esta impresión es figural y su estatuto semiótico es el de una huella.
Pero podemos razonar también inductivamente, a partir de la observación  del corpus: el cuerpo del enunciador, zambullido en el mundo por explorar, sea tanto como movimiento o como envoltura, está sometido a los efectos interiores, las reacciones somáticas y afectivas, que le proporciona el recorrido sensible del espacio y del tiempo del reportaje. Estas impresiones, como lo hemos mostrado, son las experiencias semióticas elementales que dejan sus huellas sobre la envoltura convertida en superficie de inscripción, y que esperan ser reunidas por el enunciatario para acceder al estatuto estable del ícono: el umbral de la iconicidad es después cruzado gracias a la “prótesis veridictoria” que t


[1] Témoin en el original (N. de T.)
[2] Me siento cómodo en hacerlo más aún cuando soy a la vez culpable (en tanto autor de la tipología) y responsable (de la nueva proposición). Ver Jacques Fontanille, Les Espaces subjectifs. Introduction à la sémiotique de l` observateur, Paris, Hachette, 1988, tabla p. 48.
[3] Débrayage en el original. (N. de T.)
[4] “Relateur” en el original. (N. de T.)
[5] Jacques Géninasca, La parole littéraire, Paris, PUF, 1997.
[6] En efecto, la toma de posición deíctica es el primer gesto de la función semiótica viviente, porque a partir de ese gesto, un plano del contenido (interior) y un plano de la expresión (exterior) pueden a la vez ser distinguidos y ser unidos.
[7] Didier Anzieu, Le corps de l’oeuvre, Paris, Gallimard, 1981.
[8] Cf. aquello que le ocurre a Albertina, después de un paseo con el narrador (supra).
[9] En el sentido de una gestalt que es considerada “satisfactoria” por la atención perceptiva.
[10] De donde historeo, “investigar por medio de la vista”. Paralelamente, la raíz indoeuropea *wid/*weid (videre, ver) aunque morfológicamente diferente, presenta el mismo funcionamiento semántico: oïda “es saber por haber visto”, tal como isto.
[11] François Hartog, Le Miroir d’Hérodote. Essai sur la représentation de l’autre, Paris, Gallimard, 1980.
[12] François Hartog, op.cit., p. 240.
[13] Heródoto, op.cit., IV, 99.
[14] Heródoto, op.cit., II, 33 & 34.
[15]  Para convencernos de que el régimen vigente en este ejemplo es el de la confianza y que se actualiza en forma de palabras referidas más o menos fiables, recordemos la observación de Heródoto:
Nadie sabe con certeza lo que son los desiertos de Libia de donde viene el Nilo. No obstante, yo cosas de la boca de los Cireneos, ellos mismos que las sabían del rey de los Amonios, que él mismo las había aprendido de los Nasamous, ellos mismos que repetían lo que decían haber visto dejóvenes locos” que se habían aventurado en esa dirección. (Heródoto, op.cit., II, 148) 
Estas fuentes “no visibles” no son accesibles más que gracias a la confianza otorgada a la palabra de otros, reforzada por una cascada de garantes y enunciaciones, que conducen por etapas hasta el último estrato fiduciario, que corresponde a “los que han visto”, pero este último estrato enunciativo interviene al final de una cadena de discursos referidos: el testimonio ocular no puede ya probar nada y los testigos oculares aparecen de resultas paradojalmente despreciados y poco creíbles: son los “jóvenes locos”, precisa el historiador. 
[16] En el sentido en que U. Eco considera que las prótesis son signos o figuras semióticas, al igual que un espejo, incluso el “espejo de Heródoto” es una prótesis discursiva. (Humberto Eco, Kant et l’ornithorynque, trad. française, Paris, Grasset, 1999, p. 370) [Edición original, Kant e l’ornitorinco, Milán, Bompiani, 1997]. En U. Eco, la teoría de las prótesis no está relacionada a una verdadera semiótica del cuerpo y, en consecuencia, su tipología de prótesis no se basa en un cuerpo semiótico: a través de algunas alusiones que hacemos aquí, está claro que la tipología de las prótesis debería basarse, para comenzar, sobre la distinción entre la “prótesis de la envoltura” (prótesis “cenestésicas”) como la cámara fotográfica o el grabador, y la “prótesis del movimiento” (prótesis “kinestésicas”) como el barco, e incluso, en última instancia, la proporción analógica.
[17] Cf. supra, Resulta claro desde el principio que sólo una semejanza que ata, al interior de mi esfera primordial, ese cuerpo allí con mi cuerpo, puede proporcionar el fundamento de la motivación para el registro analogizante de ese cuerpo allí como otra carne. Husserl, Méditations cartésiennes, parágrafo 50. Citado por Didier Franck, op.cit., p. 124.
[18] Felizmente, esta lengua, como la de tantos otros, ha sido estudiada y preservada del olvido por G. Dumézil.
[19] Sobre las diferentes racionalidades y los registros cognitivos que las fundamentan, ver, para la primera versión de esta proposición Geninasca, La parole littéraire, op.cit., y para una versión más reciente y dialéctica, J. Fontanille, Sémiotique du discours, op.cit.